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domingo, 29 de junho de 2014

CAMINOS DE GUERRA Y CONSPIRACIÓN DEL GENERAL AMADEO RODRÍGUEZ

Carátula del libro del general Amadeo Rodríguez (Foto: álbum de familia).
Caminos de Guerra y Conspiración…Y su epílogo. [1] Así reza el título de la obra de mi abuelo, el general Amadeo Rodríguez Vergara (1881-1959). Con motivo de los sesenta años de la segunda edición de la misma (Barcelona, 1955), que se conmemorarán el año próximo, haré en este ensayo un análisis de ella, destacando tres aspectos que corresponden a las partes en que se divide. La primera edición del libro data de 1937. [2]

En primer lugar, me referiré a los hechos más destacados de la labor colonizadora realizada en el Sur por el entonces coronel Amadeo Rodríguez, en cumplimiento de su misión como Jefe de la Frontera Amazónica y luego en el contexto de la Guerra contra el Perú, como Jefe Civil y Militar (a partir de Septiembre de 1932). En segundo lugar, me detendré en los puntos esenciales de lo que se denominó “La Conspiración Conservadora” de 1936, a cuyo recuento el general dedicó la segunda parte de su obra. En tercer lugar, analizaré el “Epílogo” del libro, relacionado con el período en que mi abuelo se desempeñó en Barcelona como cónsul general de Colombia, entre 1955 y 1957. En la parte relativa a la Conclusión de mi trabajo, tejeré consideraciones acerca del significado de la obra del general Amadeo, poniéndola en la línea del tiempo que Colombia atraviesa en estos momentos, a fin de extraer algunas lecciones de la experiencia del ilustre militar, cuya característica fundamental fue su acendrado patriotismo.

El autor le dio a su obra un carácter nítidamente autobiográfico. Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo fue, para Amadeo, un ajuste de cuentas con la República Liberal. Una República partidista que, en primer lugar, terminó frustrando los anhelos nacionales de defender la soberanía del país, violentada por los peruanos en 1932. Una República sectaria que, en segundo lugar, se concentró en el combate contra quien se situara en la oposición al régimen, siendo él, en 1936, una de las cabezas visibles de tal oposición.

Había dos liderazgos de las fuerzas políticas conservadoras, que se oponían a los liberales a mediados de la década del 30: en el campo civil, la figura combativa y lúcida de Laureano Gómez (1889-1965). En el terreno militar, Amadeo Rodríguez. Estaba aún por aparecer, en el horizonte de la política colombiana, la oposición que surgió del seno mismo del liberalismo y que llevó a la radicalización que tomó cuenta del escenario nacional el 9 de abril de 1948, con el asesinato del líder que inspiraba la opción más popular, a la izquierda del régimen encabezado en ese entonces por los conservadores e inclusive a la izquierda de los propios liberales tradicionales. Ese líder era Jorge Eliécer Gaitán (1889-1948).

La polarización en la década del 30 era entre liberales y conservadores. La de 1948 era más complicada: entre liberales reformistas y conservadores (defensores del orden legal, alrededor del presidente conservador Mariano Ospina Pérez),[3] por una parte y, por otra, entre aquellos que defendían los cambios “de arriba para abajo”, en el seno del liberalismo, y los que vestían la camisa de las reformas de inspiración popular, “de abajo para arriba”, inspirados por el verbo arrebatador y combativo de Gaitán. Contra ambos grupos liberales (moderados y radicales) se definió la posición conservadora, cuyo programa de radicalización fue dirigido por Laureano Gómez.

La obra de Amadeo narra la vivencia de este gran militar en su oposición al liberalismo de los años 30. A pesar de que la última parte del libro, el “Epílogo”, haya tenido lugar posteriormente al 9 de Abril del 48, el autor sólo toca los aspectos personales de su función como cónsul general de Colombia en Barcelona en la década siguiente. No trata de su participación en la agitada política conservadora de los años cuarenta como representante a la Cámara. Este “Epílogo” tiene más un sentido de “testamento político”, toda vez que fue redactado en 1955, siendo que el general Amadeo falleció pocos años después, a mediados de 1959.

Nada mejor para introducir mi trabajo, que recordar algunos trechos del “Prólogo” de la obra del general Amadeo. [4] He aquí lo que el autor decía en relación con la primera parte, dedicada al recuerdo del conflicto amazónico: “El primer aparte de la obra es la historia de mis actuaciones en el sur de la República como militar que había jurado defender a su Patria, incluyendo en ese juramento el sacrificio final si ello era preciso. No pretendo hacer inculpaciones inmotivadas; cada vez que hablo, muestro que tengo el pie firme sobre la prueba. Sólo la sensación de seguridad que poseo me ha hecho aseverar hechos, transcendentales sin duda, y que ingresarán a los cauces históricos, clarificados por la luz de la justicia. Que fui defraudado en mis aspiraciones de soldado colombiano, lo he demostrado hasta la saciedad; las primeras páginas de este libro obrarán, pues, como refuerzo, pues es imposible reconstruir en un texto como éste, todo el proceso de la guerra con el Perú, o mejor, de la ilusión guerrera del ejército de la República, desvanecida por la realidad variopinta de las actitudes del gobierno, primer representante de la soberanía que nos dio el anuncio de Leticia profanada, y primer agente diplomático de la Nación que suscribió el protocolo de Rio de Janeiro”. [5]

En relación con la segunda parte de la obra, dedicada al recuerdo de los hechos de la denominada “Conspiración Conservadora”, así escribe el general Amadeo en su “Prólogo”: “El segundo libro de esta obra está dedicado a hacer la reminiscencia de lo que hace más de un año se llamó conspiración conservadora. Como se sabe fui sindicado de atentar contra la estabilidad de la república liberal, y posteriormente fui víctima de un villano ataque por el cual, y con tremendo sarcasmo para la justicia, se me siguió un juicio que hubiera terminado,  dadas las más infelices circunstancias, con mi prisión indefinida, si yo no hubiera tomado las rutas que prescribe la justicia cuando la brutalidad repudia el derecho y toma las altas atalayas de la ley”. [6]

A seguir, el general se refiere a algunos puntos que explica en esta segunda parte de su obra. Escribe al respecto: “Diré cuáles fueron mis caminos. Contaré de mis angustias y de mis alegrías. Reconstruiré los senderos por donde mi planta de fugitivo de la ignominia dejó la huella. Todo para retornar a mi plaza de sencillo ciudadano, retirado de la agitación política, pero siempre el patriota íntegro y el conservador inconmovible”. [7]

El capítulo décimo séptimo de la obra se intitula: “La voz del derecho es siempre triunfal”. En esta parte, el general hace el recuento de su definitiva liberación, por la justicia, del cargo de conspirador con el que había sido acusado por el régimen liberal en 1936. El autor repasa, en rápido recuento, los hechos que se siguieron a su vuelta al hogar y a la vida pública como representante a la Cámara y narra, de forma llana, el comienzo de sus funciones oficiales en Barcelona, España, como cónsul de Colombia, nombrado en 1955 por el teniente-general Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975), a la sazón presidente de la República.

Como indicativo del clima emocional que acompaña a este capítulo, he seleccionado el epígrafe que consiste en algunas palabras del general Rodríguez, que fueron escogidas por él como texto inspirador: “Yo muchas veces he pensado en el destino magnífico que les espera a los patriotas que para ventura de las generaciones presentes, aún viven. Pienso en esos que han correspondido a la íntima vibración de mi alma de militar y de patriota. Pienso en la grandeza de esa ciudadela para todos aquellos que lucharon en el frente, sacrificando su juventud; para aquellos que poblaron el hemiciclo nacional de voces de reivindicación y de gloria; y para aquellos que investidos por el sacerdocio del Derecho, cumplieron con las bellas funciones de su inteligencia, defendiendo la Patria en trances internacionales, y defendiendo a los ciudadanos sujetos a la persecución injusta, al odio inmotivado y a la terrible amenaza de un régimen que se llevó en jirones el nombre de Colombia”.[8]

Una breve anotación acerca de la forma en que fue redactada la obra en su primera edición, que solamente abarcaba las dos primeras partes, sin el “Epílogo” (que fue redactado por el propio autor en Barcelona, en 1955). La redacción final de Caminos de guerra y conspiración estuvo a cargo de Joaquín Piñeros Corpas (1915-1982) [9] y de la hija del general Amadeo, Aura Victoria Rodríguez de Vélez (1912-2007), mi madre, que se desempeñó a lo largo de los años 30 como su secretaria particular. [10] Ellos actuaron como revisores de la redacción original, salida de la pluma de mi abuelo.
El general Amadeo Rodríguez y su Estado Mayor. Puerto Asís, Diciembre de 1932 (Foto: álbum de familia)..

I - Los hechos más destacados de la Guerra contra el Perú (1932), que el general Amadeo recuerda en su libro.

En esta primera parte de su obra, el general Amadeo desarrolló básicamente cuatro puntos, que serán ampliados en las páginas siguientes: 1) Hacia el Sur. 2) En las comarcas del futuro. El significado de la Región Amazónica. 3) La misión colonizadora del Jefe de la Frontera. 4) La guerra contra el Perú.

1 – Hacia el Sur.

El capítulo primero de la obra comienza con un epígrafe que reproduce las instrucciones recibidas por el entonces coronel Rodríguez, de manos del Ministro de Guerra de Colombia Carlos Arango Vélez (1897-1974), al ser nombrado Jefe de Fronteras del Putumayo y Amazonas.[11] Este es el texto en cuestión: “El objeto fundamental de sus actividades ha de ser la tutela de los derechos de Colombia en las fronteras con las repúblicas del Sur, de conformidad con los tratados públicos y teniendo en cuenta, en cada ocasión, las exigencias del honor del País, del Ejército y del Poder Ejecutivo”. [12]

Amadeo Rodríguez escribe al respecto de su nombramiento: “No se me hacía extraordinario el peligro de que los peruanos intentaran quebrantar la línea trazada por el tratado Lozano-Salomón, pues hacía poco tiempo había llegado a la primera magistratura incaica el coronel Sánchez Cerro,[13] hechura de los loretanos, éstos a su vez personificación de la mala fe de un pueblo en las relaciones con sus vecinos. Por eso al aceptar mi misión estaba seguro de que era delicada, y a fuer de hombre de buena voluntad, desde el primer momento tomé la resolución de morir en el sur antes que transigir con los conceptos de debilidad y de ineptitud, tan opuestos a mi temperamento. Tomé una póliza de seguro de vida, me despedí de quienes inspiran los grandes afectos de mi alma, y seguí la ruta de la frontera con el objeto de cumplir las instrucciones que en el pliego cerrado se me entregaron”. [14]

Hago aquí un paréntesis en la exposición del pensamiento de Amadeo Rodríguez, para fijar los linderos, en el terreno de la sociología del conocimiento, en los que se situaba la actitud del autor. Amadeo, como militar, enfrentó el caso de la invasión peruana como una cuestión de honor. Su ética era la del que se define por el todo o nada. En términos weberianos, su decisión de tomar una póliza de seguros y viajar al frente de la lucha dispuesto a dar su vida por la Patria, pone de manifiesto una “ética de convicción”, que se caracteriza por aquella que preside los actos humanos a la luz del “si si, no, no” del precepto evangélico. La ética de convicción, para el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), es aquella que inspira el comportamiento humano sin negociaciones en el campo de los principios. Es la ética típica del honor militar. Se contrapone ésta a la denominada por Weber “ética de responsabilidad”, típica de los políticos, que se pauta por el cálculo de los efectos que la acción propuesta puede desencadenar. [15] 

En el conflicto amazónico, encontramos ambas actitudes éticas. Por una parte, la actitud presidida por la ética de convicción, de parte de Amadeo Rodríguez y de los militares y conservadores que buscaban defender el honor de la patria mancillado por la invasión peruana. Por otra parte, la actitud dictada por la prudencia que lleva en consideración los efectos de los actos, típica de los políticos liberales que le dieron curso a las negociaciones diplomáticas, que se desarrollaron paralelamente al conflicto. Estos hombres públicos ciertamente no estaban animados por la “ética de convicción”, que los habría obligado a llevar adelante la guerra para vengar el honor patrio ofendido. Su norte era el cálculo político.

El conflicto entre ambos modelos éticos era evidente ya desde el comienzo. Destaquemos que para la organización del Estado, es necesario que los actores políticos se dejen inspirar por la ética de responsabilidad. A pesar de que muchos conservadores compartían el punto de vista de la “ética del honor” de los militares, no se puede decir, con todo, que tal ética fuera unánime en el Partido Conservador. Una línea más pragmática de acción fue apareciendo, alrededor de aquellos que buscaban la “gobernabilidad” y que más tarde se pusieron al lado de Mariano Ospina Pérez, cuando, en 1946, los conservadores retornaron al poder. Al final de esta década, era visible una contraposición entre éstos y el grupo conservador dirigido por Laureano Gómez, que ostentaba una ética de “pureza doctrinaria” y de no negociación.

Vuelvo a la narrativa del general Rodríguez, quien cita en su libro un largo trecho de la obra de Carlos Arango Vélez, titulada: Lo que yo sé de la guerra,[16] en relación con la posición que él ocupaba en los debates habidos en el Ministerio de Guerra acerca de la campaña contra el Perú. De la lectura ese texto se deduce que el general Amadeo (entonces coronel) participó activamente en el diseño de la estrategia colombiana, a la cual, por lo demás, el gobierno dio prioridad. [17]
En la parte titulada: “Preludios del drama”, el autor hace alusión al primer comunicado que, desde Neiva, envió al Ministro de Guerra, informándolo acerca de los rumores que corrían en la prensa nacional e internacional, en relación con los preparativos bélicos de los peruanos de Loreto. El entonces coronel Rodríguez envió al Ministro Arango Vélez el siguiente mensaje, en el que solicitaba que se le informase acerca de la veracidad de estos rumores, a fin de tomar las precauciones necesarias antes de llegar a Florencia, capital de la Intendencia del Caquetá.

El texto del comunicado rezaba así: “A mi poder han llegado remitidos de la prensa de Pasto y de otros lugares del país, escritos en que se hace saber al público cuestiones relacionadas con nuestros cañoneros y la actividad de los peruanos en el departamento de Loreto. Uno de estos artículos tengo el honor de remitirlo a S. S.  para que, según los informes verídicos que tenga el Gobierno sobre el particular, me los haga conocer antes de mi llegada a Florencia, para que en armonía con las instrucciones de S. S. pueda apreciar la situación para mis determinaciones futuras. Considero que hay mucho de exageración por parte de los periódicos, pero a mí siempre me ha preocupado aquel viejo aforismo de que cuando el río suena, piedras lleva, y como para este caso mi gobierno ha tenido a bien confiar en mi pericia los acontecimientos venideros, tomando en cuenta la penetración colonizadora de que me habló S. S. en el pliego de instrucciones secretas que llevo en mi poder, considero que en Florencia debo estar al corriente de todos los pormenores y órdenes de S. S. relacionados con la misión fronteriza que me corresponde…” [18]

El autor recuerda que, según lo combinado con el Ministro de Guerra, las comunicaciones entre él y este Ministerio serían también de conocimiento de la Presidencia de la República. Así, en respuesta a la indagación dirigida a Carlos Arango Vélez, el coronel Rodríguez recibió el siguiente mensaje del Presidente Enrique Olaya Herrera (1880-1937) y del Ministro de Relaciones Exteriores, que a la sazón era Roberto Urdaneta Arbeláez (1890-1972): “a) Salúdolo cordialmente: complázcome informarle que ha llegado a esta ciudad el señor ministro del Perú, lo que ha dado oportunidad para reafirmar la cordialidad de relaciones entre los dos países, de modo que la acción de las autoridades en las regiones limítrofes es de cooperación amistosa para el desarrollo comercial de la valiosa hoya amazónica, cuyo porvenir tiene un interés internacional. En los últimos días han hecho publicaciones en Quito sobre rumores de choques entre autoridades y fuerzas colombianas-peruanas. Esto carece de todo fundamento, pues ya delimitados como están y abundando como abundan ambos gobiernos en sentimientos de la más sincera amistad, sus representantes en las regiones amazónicas realizarán obra fecunda de paz, armonía y progreso (…). Olaya Herrera. b) Urgente. – Periódicos exterior vienen publicando noticias posibles fricciones entre Colombia y Perú que carecen en absoluto de fundamento. Ministro Perú acaba llegar asegurándonos buenas intenciones su gobierno, dispuesto trabajar pacíficamente (…). De nuestra parte usted sabe prevalece mismo espíritu, de modo que no hay motivo intranquilidad. Servidor, Exteriores.”

El coronel Rodríguez no quedó satisfecho con la respuesta recibida, tanto del Presidente como del Ministro de Relaciones Exteriores. Consideraba que el alto gobierno estaba cometiendo un error primario, al no verificar por el canal estratégico normal (el servicio secreto de Colombia), los rumores divulgados por la prensa y al pretender que todo estaba bien, en virtud de las declaraciones del enemigo, representado por el embajador peruano en Bogotá.

En relación con sus sentimientos al respecto, escribe el general Rodríguez: “Infeliz me parecía la actitud del presidente y del canciller al considerar salvada toda situación por virtud de las declaraciones del ministro peruano, cuando precisamente la diplomacia impone en la generalidad de los casos aparentar cosa distinta a la que hay en la realidad. Era la primera vez en que para desvanecer las posibilidades de una querella se consultaba al representante del presunto enemigo, éste sí astuto y viejo en la escuela de la hipocresía. Yo hube de contestar a la nota del señor Urdaneta Arbeláez que ojalá sean sinceras (refiriéndome a las intenciones del Perú), porque tenía la certeza de que la frase de cooperación amistosa significaba la invitación a Colombia de ir a la encrucijada en donde la emboscada le esperaba”.[19]

Teniendo en cuenta la ubicación estratégica de una importante propiedad peruana cerca a Leticia, la Hacienda La Victoria, [20] a comienzos de 1932 el coronel Rodríguez consideró que sería conveniente para los intereses de Colombia que el gobierno adquiriera la mencionada propiedad.[21] Ella pertenecía a Constantino Vigil, senador peruano. Con esa finalidad, el coronel Rodríguez hizo la siguiente solicitud al presidente Olaya Herrera, cuando tuvo oportunidad de encontrarse con él en Fusagasugá, antes de emprender el viaje al Sur. El pedido de Amadeo Rodríguez era el siguiente: “Excelencia: En mi memorándum privado, que llevo conmigo, tocante a las dificultades o éxitos que pueda tener el Ejército colombiano en la frontera, considero de urgencia insinuar a S. E. la conveniencia de rápida compra de la hacienda La Victoria, cuyo precio se fija actualmente en 80.000 libras peruanas. La mencionada finca, cercana a Leticia, es propiedad del doctor Vigil, activo político loretano, de gran prestigio en Lima, quien reduce sus aspiraciones patrióticas a que Colombia le compre su hacienda. Estando ésta dotada de suficiente maquinaria para la explotación de madera, veo la oportunidad de desalojar al doctor Vigil, y con él a todos los peruanos, de tan bien situada propiedad”.[22]

Lejos de prestar atención a la sugerencia de quien conocía en detalles la zona del conflicto que se aproximaba, el presidente Olaya prefirió darle tratamiento político al asunto, pasándole la sugerencia del coronel Rodríguez no al Ministro de Guerra, como era de esperarse (por tratarse de asunto altamente estratégico), sino al Ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Urdaneta Arbeláez. Este, haciendo gala de su índole burocrática y oligárquica, no le dio ninguna importancia al pedido del Jefe Civil y Militar de la Frontera. Por el contrario, aprovechó la oportunidad para tentar denegrir ante el primer mandatario la imagen del coronel Rodríguez, insinuando que éste “cedía a los intentos de la especulación”. [23]

Al respecto, nuestro autor escribió: “Yo, respetuoso como he sido siempre con mis superiores, a pesar de la ofensa que se me trataba de inferir, resolví no volver a tratar asuntos como ése, aunque de gran transcendencia para mi Patria, tanto como el haber sido los colombianos víctimas del asalto a nuestro puerto de Leticia por los peruanos de Loreto, estimulados, dirigidos y comandados por el asaltante Oscar Ordóñez, precisamente desde la hacienda La Victoria”. [24]

2 – En las comarcas del futuro. El significado de la región amazónica.

Estas comarcas eran dos para nuestro autor: los Llanos Orientales y la Amazonia. En su narrativa, con todo, Amadeo Rodríguez le da prioridad a la Amazonia, por haber sido allí en donde desempeñó sus funciones de Jefe Civil del Amazonas, inicialmente, y después del 13 de Septiembre de 1932, de Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo. [25] El autor consideraba que los colombianos quedaron siempre presos a las montañas de los Andes y a sus valles, mientras que le dieron la espalda a la enorme extensión (que ocupa prácticamente el 50 por ciento del territorio nacional) de los Llanos Orientales y de la Amazonia. No ha habido, pensaba, un serio estudio que catalogue los recursos naturales de esas regiones.

Con relación a esa falta de visión que abarcara toda la realidad colombiana, escribía el general Amadeo: “Colombia es a la manera de esos potentados de la tierra que ahora se llaman latifundistas. Posee comarcas ilímites que no conoce y que por lo tanto olvida. Resignada a vivir encaramada sobre las tres ramificaciones de los Andes, la  república no ha descendido al meridión. Vive pobremente, cuando podría hacerlo con el lujo de una reina dilapidadora; agrupada densamente sobre lo que en muchos sitios es terreno mísero y gastado, menosprecia la excelencia de los valles lejanos, de las montañas fecundas de la naturaleza preñada de oro y de opulencia”. [26]

Desde el punto de vista estratégico, Amadeo Rodríguez consideraba que la cuestión amazónica debería ser mirada desde dos puntos de vista, vinculados a la defensa de la soberanía. Este era el primer punto: “La soberanía como elemento complementario y máximo de las nociones de pueblo y territorio, ha de ser defendida heroicamente para que sea íntegra y para que no se recorten los tres elementos jurídicos que hacen el Estado. Donde ondee la bandera de la patria, debe haber un pecho listo a agonizar porque el estandarte se mantenga alto y respetado. El tricolor, que es símbolo de la soberanía nacional, es igualmente caro sobre la humilde choza, perdida en lejana frontera, o sobre el capitolio urbano. Es por esto que así como un ilustre poeta escribió de la bandera que es santa, flote en las manos que flotare, se pudiera decir de la misma manera que ella es santa, flote en el sitio que flotare”. [27]

En relación con el segundo punto de vista, escribía nuestro autor: “(…) A esta razón la asiste la conveniencia nacional; porque las comarcas amazónicas sí son fecundas, abiertas a la redención económica de la raza y objetivos del futuro, que contemplarán con ojos absortos próximas generaciones. No basta hacer afirmaciones gratuitas; es necesario hacerlas con conocimiento de causa. Yo, que permanecí durante largo tiempo en el sitio que ahora señalo como venero de prosperidad, puedo hablar sin temor de que se me desautorice”. [28]

La defensa de la frontera Sur del país dependía, para el general Amadeo, de la defensa del territorio amazónico perteneciente a Colombia. Él insertaba esta parte del territorio patrio en el contexto de la Amazonia Integral compartida por varios países. Al respecto, escribía: “Con el nombre de Amazonia se comprenden los territorios que van el caudaloso Amazonas y sus ríos confluentes. Es una región salvaje, inmensa y rica, sobre la cual tienen dominio cuatro naciones, a saber: Colombia, Ecuador, Brasil y Perú. Desconocida casi por completo, la naturaleza se halla en plena espontaneidad; todo crece allí violentamente y los tres reinos de la antigua clasificación toman la categoría de la opulencia. Indefinida sería la lista de los individuos de fauna y flora que son más conocidos en esas comarcas. Es tal la diversidad, y dentro de una misma especie, tal la variedad de los tipos, que sería menester suponer un Linneo para que catalogase y diera sistema al estudio de la historia natural en la Amazonia”.[29]

La riqueza que la región amazónica encierra para Colombia es enorme y muy variada. El general Amadeo no medía palabras para expresar su admiración frente a esa gran dádiva de la Naturaleza para los colombianos. Escribía al respecto: “Pero si se piensa en la necesidad de un científico genial que pudiera comprender la multiplicidad de los seres, la intensidad de esa necesidad va en aumento cuando se tiene a la consideración la riqueza material del país. Porque una fantasía de millonario es ingenua en la divagación de la potencialidad económica que guardan las arcas tres veces selladas de los territorios amazónicos. Y al hacer referencia a potencia, lo hacemos en sentido netamente filosófico, pues esa naturaleza modificada por la acción humana, daría la realidad de una grandeza abrumadora. Alguien dijo que el gran río era el pulmón de América. Se puede decir que la Amazonia es el sistema respiratorio del continente”. [30]

Si bien es cierto que la preocupación inicial de Amadeo era con la realización de la acción colonizadora de la Región Amazónica, habiendo sido ésta la misión que recibió del Gobierno, con todo una profunda admiración frente a la belleza de la Naturaleza quedó registrada en las páginas de su obra. Cito, a seguir, el testimonio de esa admiración que, en palabras poéticas, el autor dejó plasmada en los siguientes términos:

“Desde la alborada, que es prodigio, hasta la noche, que es misterio, las horas tocan de luz deslumbradora el movimiento ya brutal o cauteloso. La brisa hace temblar la hoja y el rayo desploma, entre pavorosos estruendos, el roble centenario. El chichico (mono enano) realiza vertiginosa acrobacia por entre palmichas y yaripas, y el gran boa duerme su siesta perenne enrollado al tronco del babasu, árbol sacramental de los indios. Hay paletas magníficas en la estratificación de los terrenos, y existe un solo color, intenso e inalterable, sobre la selva, en el cielo que de día es copa rebosante de fulgores, y de noche cáliz mágico donde se reflejan los ojos fulmíneos del alto cosmos. Extrañeza se presenta en los caudales de los ríos Putumayo (corriente sosegada y blanquecina), Caquetá (cauce maldito, turbio como intención de peruano), Negro (agua oscura y silenciosa), Caraparaná (sima velada por las ondas). Y si se busca material para montar una tienda de joyas, basta cavar la tierra, extraer el diamante, correr a la orilla de los ríos que dejan en las arenas las dádivas del oro en grano y la partícula del platino. Mas si lo que se desea es ser magnate, lo indicado es recorrer tres horas de montaña, admirarse ante la prolijidad del yacimiento petrolífero y montar una refinería que por completa que se crea siempre será insuficiente”. [31]

Terminaba así su mágica narrativa el general Rodríguez: “Maderas se encuentran por doquier; el ceibo, la balata, el kapok, el cedro, el roble y la guadua, brindan preciosos materiales para las mansiones magníficas, desde el armazón de los aleros hasta el mobiliario ducal. Empero, si se quiere un escenario de magia, apenas es menester soltar el sentimiento al ambiente de la tierra; la exhalación vegetal mixtificada por el sándalo y las raíces exóticas, embarga; la variación de luz y penumbra, reverberación en pleno río, y sombra misteriosa bajo la fronda, seduce; la música paradisíaca de los veranos es trágica polifonía en los inviernos; hay timbales que suenan en lontananza y flautas mágicas que producen dulzura y nostalgia. Se percibe suave roce, y es una garza que cruza el espacio, blanca como el alma de una virgen; se oye una estridencia y es el jaguar en celo, que ronda con desesperación. Es preciso vivir la maravilla, marchar a la Amazonia”. [32]

3 – La misión colonizadora del Jefe de la Frontera.

El coronel Amadeo Rodríguez desempeñó la función de Jefe de la Frontera y Comandante de las Guarniciones en el Amazonas entre el 15 de Diciembre de 1931 y el 15 de Septiembre de 1932. En Agosto de este año fue ascendido a general y nombrado Jefe del Departamento de Personal del Ejército, en Bogotá. Su acción se concretizó en la pacífica colonización, el estímulo a la producción agrícola y al comercio, la demarcación de límites en la frontera y la organización de apoyo logístico para garantizar la presencia del Ejército y de la Policía en esa región, a fin de tornar realidad la aplicación del Tratado Lozano-Salomón de 1922.

Amadeo Rodríguez consideraba que la presencia del Ejército en la región Sur del país sería una forma eficaz para integrarla a Colombia y quebrar la tradicional actitud de total pasividad de los gobiernos frente a esta olvidada parte del territorio nacional. La única actividad que el blanco desarrolló en décadas y siglos anteriores, en los territorios amazónicos, fue la brutal explotación de los indígenas y la ejecución de políticas de “tierra arrasada” en la extracción de las riquezas naturales, especialmente del látex, a comienzos del siglo XX.

Para ilustrar la actitud humanitaria que lo animaba frente al indio amenazado de extinción por los explotadores, nuestro autor trajo a colación el siguiente epígrafe del general Rafael Uribe Uribe (1859-1914): “Cometimos imperdonable falta al no cuidar como nos cumplía de la educación intelectual y religiosa del indio; empleemos ahora todos los medios a nuestro alcance para reparar el mal que hicimos, y procuremos ligarlos a nosotros por los lazos de la fraternidad cristiana, y vencer con maña y paciencia la resistencia a la vida social engendrada en su espíritu por las violencias de nuestros antepasados. Esta es la verdadera política cristiana, no la que enseñorea merced a la punta de la espada. Para el buen éxito de la labor conviene conducirla por caminos gratos, con espíritu de justicia, misericordia y paz. Es preciso que los encargados de ella lleven grabadas en lo profundo del corazón estas palabras del Salvador: Emitte gladium…. tolle crucem; Envainad la espada, empuñad la cruz”.[33]

Tradicionalmente, consideraba el coronel Rodríguez, hubo la ausencia de un plan de progreso para la región Sur del país. A propósito, escribía: “Hasta 1928, todo progreso en el Sur no pudo menos de ser considerado como obra de los misioneros católicos. En el decurso de los tiempos, la selva bravía había soportado la explotación de sus riquezas vegetales y también la esclavitud de sus habitantes morenos. Eran peruanos los que dominaban y abrían largas brechas en las cuales dejaban la huella de la más abominable de las tiranías. La posible o mínima civilización que llevaron esos dominantes en el Sur, se redujo a unas cuantas casas, muy grandes para poder alojar las legiones de esclavos y los cargamentos de caucho, tagua y especias. Pero nunca hubo una labor de catequización, ni un movimiento humanitario que llevara la mentalidad de los indígenas a las cumbres superiores de la comprensión y del progreso. El latigazo hacía manar la sangre de los nativos, y la cuchillada de éstos hacía brotar la savia nutricia del árbol deseado. Pasos lentos y figuras encorvadas bajo un enorme peso; voces terribles que preludiaban la muerte; lúgubres desfiles que conducían un cuerpo mutilado; jaurías que ululaban en la noche; una naturaleza virgen escarmentada por la crueldad de hombres extraños”.[34]

La actitud humanitaria del general Amadeo frente a los indios puede compararse con la que tuvo el colonizador brasileño de la región amazónica, el mariscal Cândido Rondon (1865-1958). La diferencia entre los dos grandes militares estriba en su orientación ideológica: mientras que Amadeo era inspirado por una concepción de humanismo cristiano, a Rondon (como por lo demás a los militares brasileños, en líneas generales) lo movía la concepción humanitaria del positivismo ilustrado.[35]

En cuatro ítems resumiré la acción colonizadora del coronel Rodríguez: a – Demarcación de tierras; b – Estudio de la cultura indígena e integración de los aborígenes a la vida nacional; c – Obras de colonización e impulso al desarrollo agrícola de la Región Amazónica; d – Identificación del estado de las guarniciones peruanas.

a – Demarcación de tierras. - Esta consistió en una de las labores fundamentales de Amadeo Rodríguez en la región Sur. Este trabajo tenía una finalidad estratégica: garantizar la presencia del Estado en la inmensa región amazónica, mediante la demarcación de tierras realizada por el Ejército. Este era el marco inicial para implementar las acciones de colonización que vendrían después. Estos trabajos cubrieron una inmensa área, que abarcaba la región del Caquetá y del Amazonas. A ellos dedicó Amadeo sus principales esfuerzos, durante el período que se extendió desde fines de 1931 hasta Septiembre del año siguiente.

Nuestro autor, en la realización de ese trabajo, tuvo que embreñarse por la tupida selva con una patrulla de reconocimiento, para hacer la demarcación del kilometraje y fijar los linderos correspondientes. Cuenta el general que en una oportunidad, después de muchas horas de caminada, con uno de sus compañeros agotado a causa de la sed y del cansancio, él no dudó en echárselo a sus espaldas.

Este es el relato que nos hace Amadeo Rodríguez: “Al emprender una exploración al centro de la selva, desde el río Orteguasa, en un trayecto de unos 25 kilómetros, para salir al campo de Potosí, debíamos, como era de costumbre, designar las comisiones encargadas de acometer las diferentes tareas y correspondió la dirección de la empresa al mismo Jefe civil y militar, con cinco compañeros. Pero ocurre que todo cálculo de tiempo a emplear, en esta clase de operaciones, puede resultar corto, porque la selva virgen embruja al hombre y lo agota a medida que se interna en ella (…) A los siete días nos encontramos internados en pleno bosque, unos abriendo trocha, otros despejando ramas y demás maleza del camino, que de tres metros de ancho debíamos construir. Al General le correspondía, junto con su ayudante, rectificar los rumbos y distancias, tomados con brújula, hacer la medición y marcar el kilometraje en los árboles elegidos, a los cuales se hacía un cuadrado plano con el machete, para escribir en él el número del kilómetro que correspondía. Al llegar a una zona ya desprovista de agua y con los víveres menguados, la situación se nos puso crítica. Mi compañero se sintió desfallecer por las privaciones y el cansancio de las piernas, de tal manera, que rogó a su Jefe lo dejara atrás, para él seguir muy lento el viaje en retaguardia. Al oír esto, juzgué más humano prestar a mi compañero la ayuda que le era tan necesaria, y por esto, cargándolo a cortos trechos, continuaba yo la tarea que me había asignado en la medición y marcado de distancias en los árboles, repitiendo, cuantas veces fue necesario, el llevar a espaldas a mi compañero desvalido”.[36]

Cuenta el general Amadeo que, en esa oportunidad, él y sus colegas de misión fueron salvos por el indio huitoto Benjamín, que hacía las veces de guía y que descubrió  un “matón de bejuco agras”, que con su ceiba sació la sed de los expedicionarios.

b – Estudio de la cultura indígena e integración de los aborígenes a la vida nacional. – Nuestro autor realizó una descripción detallada de las tribus indígenas y de sus usos y costumbres. Se documentó para esto, tanto con la bibliografía que pudo consultar, como con los conocimientos que fue juntando a lo largo de sus expediciones por la región amazónica. En cuanto a las fuentes bibliográficas consultadas, Amadeo hace referencia a los historiadores José María Cordobés Moure (1835-1918) y Rafael Gómez Picón.

En relación con las varias etnias, Amadeo Rodríguez escribe: “Las principales tribus colombianas del Sur, entre las innumerables que habitan la región, son las de los coreguajes, huitotos (en las tierras comprendidas entre el Caquetá y el Putumayo), quiniguas (en el norte del Caquetá , cerca del rio Yarí) , sonias, andaquíes y quicunas. Gentes generalmente indolentes, pasan la existencia entre las prescripciones de su teologismo estúpido y (…) las normas de su gobierno enteramente deficiente”.[37]

A pesar de la nota negativa con que caracteriza las religiones indígenas y su organización política, nuestro autor no deja de admirarse, sin embargo, frente a las costumbres sociales de los indígenas, en materia de matrimonio, por ejemplo. Termina uno de los capítulos que dedica a la colonización en tierras indígenas “(…) con la narración de una original costumbre de los indios de las tribus de la hoya Amazónica hasta los de tierra adentro del Departamento del Cauca. Se  conoce entre las tribus, con el término amaño, el contrato de experiencia matrimonial entre los jóvenes indios que, por mutua simpatía del mozo y la muchacha, hacen declaración de su amor ante sus respectivos padres, y éstos, en amistosa reunión, fijan la primera etapa del compromiso, autorizando a los amantes para hacer vida bajo un mismo techo, por el término de dos años, pero con la severísima condición de contener sus impulsos naturales de amor. Concluido el período señalado, vuelve a sesionar la junta de padres de la pareja para escuchar el relato que haga cada uno de éstos acerca de si han encontrado o no su conformidad en el curso de la prueba (…).[38]

Pero la preocupación fundamental de Amadeo Rodríguez frente a los indígenas era la de integrarlos a la vida nacional, garantizando, mediante la presencia del Ejército y la creación de escuelas primarias para los aborígenes, que no se repitieran los acontecimientos genocidas que había desencadenado la ocupación predatoria de la Amazonia a manos de los peruanos. Éstos, con la Casa Arana y otras iniciativas igualmente destructoras, eliminaron físicamente a millares de indígenas, dejando una nota de crueldad inaceptable, de la que dieron cuenta escritores como José Eustasio Rivera (1889-1928) en La Vorágine,[39] o funcionarios extranjeros como el cónsul británico sir Roger Casement (1864-1916),[40] quien elaboró, para el Reino Unido, detallado relato de los atropellos de la Casa Arana. El propio Amadeo, en capítulo de su obra titulado: “La Mansión de las Sombras”, pinta con tintes lúgubres el sentimiento de destrucción y de muerte que lo invadió al penetrar en las instalaciones del endemoniado caserón de los Aranas, situado en la región del Putumayo colombiano.

A propósito, escribe: “Como en virtud del tratado Lozano-Salomón la casa Arana quedó reconocida como territorio colombiano, pude llegar a ella acompañado de algunos oficiales. Al penetrar en la casa me estremecí; las sombras de los martirizados parecieron surgir de todos los rincones. Silencioso, largo, tétrico, el edificio resonaba con el ruido de nuestros espolines. Un misterio oprimía nuestros corazones, llegando a ser natural que nuestras lágrimas aparecieran. Cuando nos dirigíamos a los depósitos del oro negro y a los granos fecundos, un hombre de mediana estatura apareció ante nosotros. Era de ojos vivaces, moreno y audaz. Con extremada cortesía nos recibió; se llamaba Miguel Loaiza, gerente de la Casa Arana, y en el rostro se manifestaba su alma vil, que lo hacía vivir para desgracia del género humano. No fue extraordinario que ese desnaturalizado hiciera derroche de hospitalidad; el que debe teme y si estaba salvaguardado por la carta de ciudadanía del Perú, no era indemne a nuestro odio. Por el uniforme que llevábamos tuvimos que ser serenos (…). Cuando íbamos a despedirnos quiso sacarnos por sendero distinto al que debíamos tomar. Yo le conduje fácilmente a la enramada donde el cepo se encontraba. Grande fue su azoramiento cuando le pregunté: - ¿Y ese madero qué significa?... – Un cepo de castigo – me replicó titubeando. – Pues ha de saber, señor Loaiza – le dije -,  que, según las leyes de Colombia, estos instrumentos de suplicio están terminantemente prohibidos. – Yo no lo sabía – insinuó el muy ladino. -  ¿Quisiera  usted venderme ese madero, para destinarlo a la construcción de un orfelinato en Caucayá? – No será vendido, sino regalado, señor Coronel, pero debo advertirle que el cepo se encuentra en su sitio desde hace más de treinta y cinco años. - No tiene usted que decírmelo, porque la sangre que lo mancha así lo indica”.

Y así termina su relato nuestro autor: “Antes de que el capataz buscara una nueva disculpa a sus actuaciones, hice conducir el instrumento de tormento a bordo del cañonero  Cartagena. Mientras se lo llevaban no pude menos de pensar en las palabras de mi amigo el presidente Olaya: Cooperación amistosa con el Perú”. [41]

Nuestro autor valorizaba de manera especial el trabajo evangelizador de los misioneros, que se contrapuso, ciertamente, a la explotación de los caucheros. Sintetizó en las siguientes palabras su admiración frente a ese trabajo evangelizador y civilizatorio: “Los apóstoles de Jesucristo hollaron en cambio con su sandalia la dilatada Amazonia. Iban con una misión suave, distinguidos con un crucifijo en el pecho y la decisión de ganar la doble batalla del espíritu y de la materia. En la medida de sus fuerzas cruzaron la selva dejando en pos de sí el recuerdo de su paso. Una casa de bahareque y adobe techada cómodamente, una plantación de plátano, maíz o fríjol, un sistema de pesca o una trampa para aves traviesas, un método de hilar o tejer, y un libro, un lápiz, o un abecedario, fueron los monumentos que atestiguaron la presencia de los conquistadores pacíficos (…). Pero no se crea que los misioneros (llámense carmelitas, capuchinos, franciscanos o seglares) eran seres débiles en la defensa. El vigor de la construcción les comunicaba fuerzas superiores, con las cuales resistieron a la terquedad de sus discípulos y a la violencia de los mismos. Y cuantas veces se presentó un frote con los peruanos el valor de los misioneros (apóstoles) brilló magníficamente como en la invocación de gloriosos guerreros. ¡Honor, pues, a ellos! (…).[42]

Consideraba el general Amadeo que en el Congreso colombiano los políticos no siempre entendían la grandeza de la labor patriótica desarrollada por los misioneros. Con firmeza, concluía al respecto: “Muchas veces, cuando sé que en el Parlamento se les combate, no puedo menos de imaginar a los señores congresistas, cruzando la maleza en un día caliginoso, con las plantas sangrantes y la boca sedienta hasta la desesperación, en busca del desgraciado indio que es esclavo de la naturaleza y de sus propios prejuicios. Y no prescindo de reírme de la gallardía de unos señores que, arrellanados cómodamente en los sillones de las cámaras, hablan de la valentía y se mofan de los curas explotadores, que en realidad y a diferencia de los engañadores del pueblo, marchan por entre los peligros en pos de una imponderable riqueza: la religión de Cristo”.[43]

Para el Jefe de la Frontera Amazónica, era de capital importancia impartir instrucción a los indígenas y, en el contexto de ésta, enseñarles los rudimentos de la historia patria, a fin de que naciera en ellos el amor a Colombia. Estimuló a sus oficiales y soldados para que dedicaran el tiempo libre a la enseñanza en las escuelas abiertas por el Ejército, o para que simplemente compartieran sus conocimientos con la población indígena adulta. A este respecto, escribía: “Creo que mi misión en el Sur contribuyó grandemente al comienzo y preliminar de la cultura de esas tierras.  Los oficiales no perdían el tiempo. Cuando los menesteres de sus cargos lo permitían, buscaban a los habitantes para enseñarles nociones elementales de geografía e historia. Muchas veces, cuando el sol reverberaba y el cañonero avanzaba a lo largo del Putumayo, vi a un noble teniente repasando un texto de historia, que al azar llegó a nuestro cargamento, para contarle a un indio coreguaje, que parecía principal, los más salientes episodios de la campaña de Sucre en 1829. El detalle me impresionó y se hubiera hecho definitivo en mi memoria, si no hubiera presenciado posteriores hechos que despertaron mi entusiástica admiración”.[44]

El sentimiento de patriotismo era fruto de la divulgación de la historia de defensa de la soberanía por el ejército en esas lejanas tierras amazónicas. Al respecto, escribe nuestro autor: “Y de esta suerte las lecciones de nacionalismo se repetían a diario; con sorpresa en cierta ocasión vimos a una india ostentar sobre su ropaje una pequeña bandera de Colombia tejida por ella con cariñoso cuidado, y el estupor colmó la medida de nuestra sorpresa cuando un párvulo le rogó una tarde al más joven de mis oficiales que le contara la historia de la Pedrera. Pero nuestro patriotismo vibró armoniosamente el día en que mis hombres y la escuela indígena de El Encanto se reunieron para festejar el 20 de Julio. Con los tambores y las cornetas de la guarnición se improvisó la orquesta que registró los consoladores acordes de nuestro cántico. A medida que la melodía avanzaba, el rostro de los indios cobraba una expresión nueva y altiva; los más jóvenes levantaban el brazo; los ancianos ahondaban la voz cual imprimiéndole majestad; las mujeres llevaban con sus rústicos falsetes los tonos altos del tema, y hubo inefable dulzura en los ojos de esclavos de los párvulos, y agitación colombiana de corazones distantes”.[45]

c – Obras de colonización e impulso al desarrollo agrícola de la Región Amazónica.- Estas realizaciones tuvieron una doble finalidad: en primer lugar, garantizar la efectiva presencia del Ejército en el área de la frontera amazónica, para garantizar la seguridad y la defensa de la soberanía. En segundo lugar, promover el desarrollo agrícola de la región.

Para cumplir con la primera finalidad, fue construido un cuartel general en Florencia (Caquetá) y otro en Potosí, además de aeropuertos en esta localidad y en El Encanto. Para la realización de la segunda finalidad fueron creados 14 polos de desarrollo agrícola.

He aquí el relato de estas iniciativas en palabras del general Rodríguez: “En Florencia se empezó a construir el cuartel bajo la dirección del mayor Julio Guarín, quien, asesorado por sus oficiales, tuvo en poco tiempo al servicio del ejército diferentes obras como el polígono de tiro, el campo de basket, las trochas, etc., siendo entre estas obras una de las más importantes el cuartel del aeropuerto de Potosí, a cargo del teniente Julio Cervantes. A estas construcciones se añadió el aeródromo de El Encanto, que debía facilitar notablemente el movimiento de aviones. La jefatura de la frontera fomentó los cultivos a cargo de los colonos de San Antonio, El Granario, Tres Esquinas, Curiplaya, La Tagua, Puerto Asís, Umbría, Puerto Ospina, Caucayá, Peñablanca, Puerto Tarquí, Pubenza y Calderón. En El Encanto la intensificación de los cultivos rindió feliz éxito”.[46]

El comandante de la Frontera visitaba regularmente, por vía aérea, las áreas de colonización, pues, como escribe el general Rodríguez, “(…) las distancias entre una y otra Chacra eran astronómicas, pero con todo y eso siempre que podía estaba con ellos para ayudarles a pensar sus programas de ensanche para obtener el mayor rendimiento”.[47] Eran distribuidos por el comando del ejército, con regularidad,  semillas, sal y ganado vacuno. La producción agrícola estaba destinada a la subsistencia de los propios colonos y de las tropas. Estas realizaciones económicas fomentaron, por otra parte, el comercio entre las diferentes unidades productoras y la población indígena y campesina, para lo cual fue puesta en marcha una política de distribución de moneda colombiana por el Banco de la República en Leticia y otras localidades amazónicas, a fin de ir substituyendo la moneda extranjera.[48]

d – Identificación del estado de las guarniciones peruanas. Habiendo sido ascendido a general y nombrado Jefe de Personal del Ejército en Bogotá, Amadeo Rodríguez decidió realizar, en Agosto de 1932, una última visita a las guarniciones militares bajo su comando. Al respecto, nuestro autor escribe: “Y como se había nombrado al coronel Rico como mi sucesor, me dispuse a revistar las guarniciones bajo mi comando, a fin de entregarlas en debida forma. En los últimos días de Agosto me embarqué en el cañonero Cartagena, con rumbo a Puerto Asís. El primero de Septiembre desembarqué con mis oficiales en la guarnición peruana de Güepí, comandada por el sargento Bardales. Así, visitando al presunto enemigo, cumplía las órdenes del gobierno sobre cooperación amistosa. Empero, ¡oh extraña coincidencia!; porque si yo hubiera sabido lo que se preparaba en Leticia el primero de Septiembre de 1932, una banda de facinerosos peruanos habría ocupado la desguarnecida población, pero las fuerzas regulares de Colombia se hubieran tomado a sangre y fuego la guarnición peruana de Güepí”. [49]

Antes de su última visita, ya como general, a las guarniciones colombianas, realizada en Agosto de 1932, el coronel Amadeo las había visitado a lo largo del mes de Abril. En esta oportunidad, aprovechó para hacer un detallado levantamiento de la situación de las guarniciones peruanas, llegando a la conclusión de que no estaban suficientemente organizadas, encontrándose, la mayor parte de ellas, en penoso estado de abandono. Estas averiguaciones fueron realizadas por el comandante de la Frontera, mediante un eficiente servicio secreto en el que, además del personal del Ejército, participaba un  elemento indígena.

En relación con el funcionamiento del servicio de espionaje y con la situación de penuria en que fueron encontradas las posiciones peruanas, escribe nuestro autor: “Durante mi viaje anoté cuidadosamente la situación de las guarniciones peruanas, su número, condiciones de alojamiento, salud y materiales bélicos. Saqué la impresión bastante dolorosa de que esas plazas del Perú eran asilos de miseria, sobre todo las de Güepí, Puerto Arturo y Yubineto, la última de las cuales hubo de ser retirada por imposibilidad de permanecer un mes más en el Putumayo. En mi Estado Mayor figuraba un servicio de inteligencia compuesto por dos suboficiales de absoluta confianza y un huitoto, el indio Benjamín, quienes desempeñaban las condiciones más delicadas y atrevidas que era el caso de practicar en aquella frontera”. [50]

4 – La guerra contra el Perú.

Cuatro puntos serán desarrollados: a – La toma de Leticia por los peruanos. b -  El ascenso al generalato del coronel Rodríguez y su nombramiento como Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo. c - La desautorización del gobierno de Olaya Herrera al general Rodríguez y la dinámica hegemónica del Partido Liberal. d – Renuncia del general Rodríguez y ofrecimiento de sus servicios al Paraguay.

a – La toma de Leticia por los peruanos.- La invasión armada de 300 civiles y 20 militares peruanos a Leticia el 1º de Septiembre de 1932, ya era prevista por las autoridades colombianas y podría haber sido evitado. Los políticos de Bogotá prefirieron no darle alas al asunto reforzando a tiempo las fuerzas oficiales en el Amazonas. La solicitud del comandante de la Frontera, hecha a comienzos de 1932, para que el gobierno adquiriera la Hacienda La Victoria, en Leticia, propiedad de los peruanos que invadieron el puerto fluvial colombiano, fue mandada a la basura, como lo expusimos en páginas anteriores. El 25 de Mayo de 1932 el coronel Rodríguez supo que el ministro de Guerra, el conservador Carlos Arango Vélez, había sido substituido por el capitán Carlos Uribe Gaviria (1892-1982), político liberal e hijo del general Rafael Uribe Uribe (1859-1914).

Esta substitución obedecía ciertamente más a los intereses políticos del Partido Liberal, que a las necesidades estratégicas del país. Carlos Arango Vélez les estaba incomodando a los liberales. Como vimos anteriormente, el plan estratégico para la Amazonia había sido obra suya, en estrecha colaboración con los altos mandos del Ejército, que le confiaron a Amadeo Rodríguez la misión de ayudar en la elaboración de la política de colonización y defensa de la Frontera Sur. El hecho de que el general Amadeo hubiera culminado de forma eficiente su obra de colonización, no fue bien asimilado por los liberales, en el seno del gobierno de coalición liberal-conservadora. Los conservadores en el gabinete terminaron polarizándose alrededor de la visión oligárquica del jefe de la pasta de Relaciones Exteriores, Urdaneta Arbeláez, que veía con malos ojos el éxito de un oficial profesional, como era el caso de mi abuelo. Aceptaría mejor, sin duda alguna, los servicios de alguien que buscara las bendiciones de la aristocracia política. Y Amadeo estaba muy lejos de colocarse en ese mediocre papel.

Por este motivo, Urdaneta trató de desvalorizar al coronel Rodríguez frente al presidente Olaya, como quedó registrado más atrás. Mancomunado con los liberales, Urdaneta tramó la salida del ministro de Guerra, Carlos Arango Vélez. Su sucesor en el ministerio, Uribe Gaviria, tenía del Ejército colombiano una visión negativa, fruto de las ambiciones políticas. Su declaración de que "El Estado Mayor General era un depósito de oficiales inválidos en lo físico y en lo intelectual; la fábrica de municiones no las producía; y el ejército ni siquiera servía para acompañar las procesiones religiosas porque los soldados andaban desarrapados" [51] no honraba las instituciones del país, simplemente porque no correspondía a la verdad. Mal podía este político, que ostentaba una baja patente militar, comandar con eficacia la política de defensa de la frontera colombiana.

b – El ascenso al generalato del coronel Rodríguez y su nombramiento como Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo.- El comandante de la Frontera Sur consideraba que era una “extraña coincidencia” su ascenso a general, en Agosto de 1932, justamente cuando se disponía a reforzar la guarnición de Leticia. A propósito, escribe Amadeo Rodríguez: “Después de mi labor colonizadora y militar, me disponía a reforzar la guarnición de Leticia, cuando me llegó la nueva de mi ascenso a general. La alta graduación en vez de halagarme fue para mis iniciativas un golpe poderoso. Manifestación de los sentimientos que por aquel entonces me embargaban, fue el telegrama que dirigí al entonces mayor José Dolores Solano, y a otros oficiales amigos: Tuve la pena de ser ascendido a general, y con tal motivo se me destina a la jefatura del departamento de personal. Penoso era para mí separarme de la frontera en los momentos en que no desconocía el peligro que la acechaba y al tiempo que en Bogotá se empleaba una táctica pueril, cual era la de atender como informador oficial de la situación del Amazonas al ministro peruano, error de diplomacia que determinó las órdenes militares según las cuales los que en el sur nos hallábamos debíamos atender antes a la colonización que a la defensa”.[52]

A pesar de que Leticia no tenía el pie de fuerza suficiente para derrotar a los peruanos invasores, el general Amadeo no dejaba de señalar la cobardía de las autoridades, que podrían haber dado un bello testimonio de patriotismo, rechazando con las pocas armas que tenían a los invasores, aunque muy probablemente esto les hubiera costado la vida. El intendente Villamil Fajardo y sus colaboradores civiles y militares no estuvieron, definitivamente, a la altura de las circunstancias que la Historia les ofrecía para ganar el estandarte de héroes colombianos.

He aquí el duro juicio que nuestro autor hace acerca de esos hechos: “Loretanos y soldados del Perú bajo el mando del ingeniero Oscar Ordóñez entraron en Leticia en la madrugada del infausto primero de septiembre [de 1932]. Los habitantes, todavía soñolientos, no presentaron resistencia y los invasores pudieron organizarse cómodamente, en medio de un ambiente de pasividad en que ni un tiro, ni una pedrada, ni un puñetazo, fueron manifestaciones de colombianismo. El señor Villamil Fajardo, quien como intendente se supone que llevaba una pistola al cinto, se limitó a encerrarse en su miedo y a tratar de dar el anuncio al gobierno. Yo nunca he considerado que lo de Leticia fue toma,  porque ésta supone resistencia; y ella no fue siquiera leve, porque hasta el ya citado Villamil Fajardo se portó no como funcionario incapaz, sino como un majadero; porque la gloria le brindaba una bella ocasión a trueque de su cadáver, y prefirió seguir viviendo una existencia inútil, regida por la mala fama del portero que dejó penetrar los ladrones a la casa de sus amos. El miedo, es verdad, es natural en todos los hombres; como que el valor no es sino el miedo de faltar al deber llevado hasta el entusiasmo. Sin embargo, haber dejado que el miedo terciara hacia la pusilanimidad, fue villanía, falta de hormonas, asesinato moral de la imagen de Colombia. Aunque han pasado los años y la sanción justiciera no ha llegado a los reos de la cobardía, yo señalo al intendente despavorido como el actor del único episodio en que un hombre en trance de colombianismo se dejó abofetear el rostro y guardó completo silencio”.[53]

En un principio pareció que el gobierno, a través del Ministerio de Guerra, había decidido hacer frente a los invasores, dándole facultades al general Rodríguez con el fin de que iniciara una campaña militar para la liberación de Leticia y su reintegro al territorio nacional. Para tanto, el general Amadeo fue nombrado, en Septiembre de 1932, Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo.

En relación con este nombramiento, escribe Amadeo: “El 15 de Septiembre [de 1932] supe que un decreto, distinguido con el número 1503, me designaba como Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo. No está por demás notar que el decreto llevaba la firma de todos los ministros del despacho. Naturalmente, mi nuevo cargo tenía justificación en el decreto legislativo 1465, que declaró turbado el orden público en las fronteras amazónicas”.[54]

El general Amadeo puso manos a la obra de diseñar una estrategia para la ocupación militar de Leticia. Se trataba, en primer término, de tender un puente logístico entre Puerto Asís, en el Putumayo, y el Trapecio Amazónico, para el traslado de tropas, armamentos y víveres. Labor ingente, si se tiene en cuenta la enorme distancia (900 kilómetros en línea aérea directa) que hay entre esas localidades.

Acerca de la febril actividad que se desarrollaba en el Estado Mayor del Jefe Civil y Militar, escribe el general Rodríguez: “En una pieza del Convento de los Capuchinos, En Puerto Asís, se comenzaron las labores teóricas de la guerra. El coronel Javier Tovar y Tovar era el jefe, los mayores Ananías Téllez y Luis Felipe Lesmes figuraban como adjuntos, el capitán Villamil estaba también incorporado con el mismo cargo de los anteriores, los doctores José Antonio Amaya y Carlos Largacha Manrique ocupaban los puestos de ingeniero y asesor jurídico, respectivamente; el general Amadeo Rodríguez concurría en su carácter de Jefe Civil y Militar y contribuían a la faena el ayudante de la Jefatura, capitán y doctor Miceno Martínez y el teniente Pedro Añez. Muy de mañana el Estado Mayor se encontraba reunido alrededor de la humilde mesa del comando. Con precisión admirable se iban trazando las cartas geográficas y los planos de campaña”.[55]

La primera providencia tomada por el Jefe de la Frontera y su Estado Mayor fue pedirle al gobierno nacional el aumento del pie de fuerza del Ejército, con la finalidad de organizar las tropas libertadoras. Así se solicitó que fuera llamado el cuerpo de reservas del Tolima y de otros Departamentos (entre los que se destacó Caldas). Como el plan original de marchar directamente sobre Leticia desde Puerto Asís se reveló problemático porque se preveía una reacción peruana a partir de la base de Güepí (que debería primero ser neutralizada), se elaboró un nuevo plan, cuyas líneas esenciales fueron así comunicadas vía telegráfica al presidente Olaya por el Jefe Civil y Militar: “(…) Nuestras operaciones debemos llevarlas por río Napo aprovechando trochas Güepí, Lagarto-Cocha-Napo, Puerto Arturo-Tamboryaco-Napo, fin asegurar línea Alto Putumayo, para lo cual insisto debemos apoderarnos guarniciones peruanas Güepí, Puerto Arturo, lo cual a más efecto moral, desoriéntalos sobre planes defensa Leticia. No hablo trocha Puerto Espina-Cuyabeno-Napo, a pesar ser importantes, por atravesar territorio ecuatoriano”. [56]

Se trataba, en esencia, de abrir un flanco que garantizaría el control definitivo del Alto Putumayo por las tropas colombianas, según los límites fijados por el Tratado Lozano-Salomón de 1922. En un segundo momento, se trataba de marchar sobre las bases peruanas situadas en esa región, a fin de neutralizar la presencia del enemigo. Se reconquistaría por último Leticia, sin que hubiera el riesgo de una reacción peruana, consolidando así la soberanía de la Amazonia colombiana. Caso fuera necesario, en función de la reacción del gobierno de Sánchez Cerro (que organizaba un contingente de más de 20 mil hombres para enviarlo a la región amazónica), se marcharía hasta Iquitos. [57] Le sería cortada así al enemigo la posibilidad de llegada al escenario del conflicto, dándole a Colombia, por otra parte, una carta valiosa de negociación en una futura mesa de negociaciones.

El gobierno de Bogotá guardó silencio durante varias semanas. “Sin embargo – escribe el general Amadeo -  no se resolvió mi consulta y tuve por única respuesta un telegrama del doctor Olaya Herrera en el cual me hablaba de mil temas patrióticos, pero rehuía emitir un concepto de fondo (…)”. [58] Lejos de autorizar al general Amadeo para que pusiera en práctica el plan trazado por él y su Estado Mayor, se le ordenó que permaneciera en la mitad del camino hacia El Encanto, en el puerto de Caucayá, navegando por el Rio Putumayo. Esta dilación era peligrosa, pues podría significar la imposibilidad de que los cañoneros Santa Marta y Cartagena condujeran la tropa con seguridad, debido a la baja de las aguas. El gobierno central le ordenó, por otra parte, al Jefe Civil y Militar que viajara urgentemente a Bogotá, por vía aérea, a fin de conferenciar personalmente con el presidente Olaya. Esto sucedía a fines del mes de Septiembre de 1932.

El general Amadeo dejó la Jefatura de la Frontera en manos del coronel Roberto D. Rico y se dirigió rápidamente a Bogotá por vía aérea. Allí, en conversación particular con el presidente Olaya, nuestro autor fue efusivamente felicitado por el Jefe del Estado por las labores estratégicas desarrolladas bajo su comando en la región amazónica, en los siguientes términos: “Mi general: me congratulo una vez más por el acierto que he tenido al elegirlo para esta gloriosa tarea: me lo confirma la confianza unánime del pueblo colombiano en usted; a mi poder llegan todos los días de los extremos de la República mensajes que lo honran a usted y que honran al Gobierno; y para despedirnos, quiero pedirle un solo favor: no haga prisioneros”.

Y continúa el general Rodríguez: “Luego me dijo: qué más ha pensado, general, respecto de nuestros planes? Yo le respondí: Excelencia: mientras se vencen las cuatro semanas de prórroga para el ataque simultáneo a las guarniciones peruanas del Putumayo, a Pantoja y a Leticia, queda el tiempo suficiente para preparar el personal colombiano, que rebosa de entusiasmo y que me espera por momentos; y Su Excelencia cosechará todas las glorias que merece cuando le entreguemos izado el pabellón colombiano en Iquitos”.[59]

c – La desautorización del gobierno de Olaya Herrera al general Rodríguez y la dinámica hegemónica del Partido Liberal.- Cuando el Jefe Civil y Militar regresó al Amazonas fue sorprendido, de forma aparentemente incomprensible, con la desautorización del gobierno en relación con el plan trazado, a pesar de que en Bogotá le fue asegurado al general Rodríguez, por el propio Jefe del Estado, que podría poner en práctica la estrategia concebida por él y su Estado Mayor.

Así se refiere nuestro autor a este hecho: “De nuevo en la frontera, me encontré con que en cartas dirigidas al coronel Rico se daban instrucciones para que no se me obedeciera en el cumplimiento del plan aprobado por el Presidente, y el cual debía concluir en la toma de las guarniciones peruanas. Me asaltó entonces la sospecha de que la guerra era una farsa. La anarquización del ejército era un hecho completo; en primer lugar no se me informó de la expedición del general Vásquez Cobo; en segundo, las órdenes a Rico, tendientes a neutralizar mi acción, así lo comprobaban. Lo que perseguía el Gobierno con estas medidas sin justificación aparente, no pude explicármelo. Por último, cuando aviación, flotillas fluviales, regimientos y transportes mostraban una acción desorganizada, sin armonizar con un plan definitivo de campaña, fui llamado nuevamente a Bogotá. Comprendiendo que mi entusiasmo en defender la soberanía de la nación, me había valido el retiro de la Jefatura Civil y Militar de toda la frontera, no tuve inconveniente en viajar despacio; por eso regresé a Bogotá por tierra, visitando a Pasto, a Buenaventura, a Cali y otros lugares del sur del país”. [60]

¿Cuál habría sido la razón secreta que llevó al gobierno de Olaya Herrera a practicar ese acto de traición contra uno de los más brillantes oficiales del Ejército? Hay una razón que lo explica todo: prevalecieron las consideraciones partidistas sobre las preocupaciones patrióticas de defensa de la soberanía colombiana. Toda la estrategia montada por Amadeo Rodríguez y su Estado Mayor, como Jefe Civil y Militar del Amazonas, partía del presupuesto de que el primer punto que el gobierno buscaba era la defensa de la soberanía conculcada por los peruanos. Pero las cosas no eran así en la cabeza de los politiqueros de Bogotá. Prevalecía, para ellos, la preocupación con preparar el terreno para sacar a los conservadores definitivamente del poder que, como se sabe, era compartido entre ellos y los liberales en esa fórmula de coalición que le dio origen al gobierno Olaya. Para instaurar definitivamente la hegemonía liberal en las elecciones del 34, era necesario primero desacreditar al Ejército, que se había modernizado y que constituía una fuerza que podría pesar contra la hegemonía pretendida.

El Ejército colombiano tenía una tradición conservadora. Nada más cómodo que atacar al oficial de alta graduación que mejor representaba la institución, el general Rodríguez. El incidente de Leticia sería una buena oportunidad: caso fracasasen las operaciones planeadas por el Jefe de la Frontera y su Estado Mayor, la solución diplomática se impondría con un doble efecto: desvalorización del Ejército, cuyo peso en la defensa de la soberanía se centraba en el liderazgo de Amadeo Rodríguez y valorización de los políticos liberales que negociaron diplomáticamente el fin de la contienda en los gabinetes de Paris y de Londres. Todo esto sucedía, claro, pasando por encima de la voluntad popular, expresada en la palabra de Representantes y Senadores en el Congreso y en las masivas manifestaciones de apoyo al Ejército en el conflicto contra el Perú.

Amadeo Rodríguez dejó consignada su evaluación de todos estos hechos en las consideraciones con que termina su análisis del conflicto amazónico. El texto es largo, pero es necesario citarlo, por su carácter sintético y substantivo. Afirma el general: “He querido, como resumen, destacar algunas conclusiones: Primera. Fui enviado como jefe de la frontera amazónica a tutelar los derechos de la soberanía colombiana. Iba convenientemente armado, con los mejores elementos de que se disponía entonces en la guarnición de Bogotá. Segunda. En el camino del Sur supe los primeros rumores de una probable invasión peruana, y así lo hice saber al Ejecutivo. Se me contestó haciendo la vocería del ministro peruano. Tercera. Posteriormente pedí que se guarneciera a Leticia, a lo cual se me opusieron múltiples inconvenientes. Cuarta. Cuando sobrevino el hecho fatal e innegable de la ocupación de Leticia, se me dieron órdenes para bajar al Putumayo y restablecer las autoridades colombianas del pequeño puerto. Aquí se cometió la primera inconsecuencia; se me obligó luego a permanecer inactivo en Puerto Asís mientras el papeleo entraba en furor en las altas dependencias del Gobierno nacional. Quinta. Como comprendiera que tantas demoras lesionarían el éxito de la campaña, concebí un plan nuevo, perfectamente secreto, el cual pensaba ejecutar yo por mi cuenta y riesgo, y que sólo por la lealtad al Gobierno lo descubrí al doctor Olaya Herrera. El plan era sencillo: tomar las guarniciones peruanas de Güepí, Pantoja y Puerto Arturo, las cuales no nos hubieran podido presentar gran resistencia, para luego seguir la marcha normalmente hacia Leticia, donde seguramente no encontraríamos problema porque el enemigo estaría ya completamente desconcertado (…).  Sexta. Se me impidió llevar a cabo mi plan y me vi obligado a volver al primitivo, requiriendo nuevamente la premura para llegar a Leticia antes de que el verano y otras dificultades nos ganaran tiempo, precioso evidentemente, pues cada día que pasaba era una nueva fortificación que construían los peruanos. Advierto que señalé a Tarapacá como objetivo de marcha, lo que determina que si se me hubiera hecho caso, el sitio no hubiese caído en poder del enemigo.  Séptima. Y como oficiales y tropa estábamos convencidos de que tarde o temprano nosotros haríamos la guerra, dando su merecido a los que mancillaron nuestra bandera, y yo era el Jefe Civil y Militar, se consideró peligrosa mi permanencia en el Sur, y en consecuencia se me destituyó disimuladamente. Hago constar que se jugó con mi lealtad de militar. Fui llamado por el Presidente para conferenciar con él sobre la guerra. Me ratificó los poderes, me felicitó por mi labor y me rogó que no hiciera prisioneros. Al volver al campo de acción, se me desautorizó fomentando la indisciplina entre mis subalternos, con órdenes que tendían a neutralizar mis planos. Octava. Comprendiendo que no existía tal guerra ni en la mente del Gobierno, y que los soldados colombianos podrían permanecer en las inclementes tierras del Sur engañados indefinidamente, esperé unos días más para constatar si mis temores eran infundados, y al fin, con la plena certeza, presenté mi renuncia. Novena. Vuelto especulación el patriotismo por parte de los altos tesoreros nacionales, malgastadas las contribuciones de los que querían la guerra para lavar el máximo ultraje, y agotado al fin el pueblo y menoscabado en su patriotismo por tan maléficas artes, se quiso justificar la farsa y la catástrofe moral, señalando al ejército como causa del fracaso, calificándolo implícitamente de inepto, insuficiente y desorganizado”. [61]

d – Renuncia del general Rodríguez y ofrecimiento de sus servicios al Paraguay.- Nuestro autor regresó a la capital del país como se le había ordenado. Participó en un curso de Alto Comando que fue programado. Tomó parte en la Convención de La Capilla (Cundinamarca), que consagró la estrategia de Olaya y de sus ministros de Guerra y de Relaciones Exteriores, que colocaban en segundo plano la acción militar y la supeditaban a las negociaciones diplomáticas. El alto mando militar quedó en las manos del embajador de Colombia en Francia, el general conservador retirado y héroe de la Guerra de los Mil Días (1899-1902), Alfredo Vásquez Cobo (1869-1941), que había negociado en este país y en Inglaterra la compra de armamento y que tuvo parte activa también en las conversaciones diplomáticas, al lado de Eduardo Santos (1888-1974), a la sazón cónsul de Colombia en la capital francesa.[62]

Para el nuevo comandante general de las Fuerzas Armadas colombianas en el conflicto, el plan trazado por Amadeo Rodríguez (que proyectaba, como se ha visto, una rápida intervención por vía fluvial, a partir de las guarniciones colombianas en el Alto Putumayo) debería ser abandonado, a fin de darle prioridad a la expedición marítima y fluvial que, saliendo de Barranquilla y Cartagena, se enrumbara por vía marítima hasta las bocas del Amazonas, en Belén do Pará y, entrando por este río alcanzara la región del Trapecio Amazónico. Era evidente que tal estrategia dilataba enormemente los plazos, con la finalidad de darle tiempo al gobierno de Bogotá de buscar una salida diplomática, ya debidamente negociada por la cancillería colombiana a través de los diplomáticos acreditados en Londres y Paris.

Para el general Amadeo no restaba otra salida que la renuncia, que presentó el 16 de Febrero de 1933, en los siguientes términos: “Señor Ministro de Guerra. En su despacho. Impuesto por Su  Señoría de la decisión del supremo Gobierno, que me priva de mi puesto en el Putumayo, solicito mi retiro del ejército. Mis actos se guían siempre por los dictados del decoro y la dignidad militar, y si el Gobierno considera que mis servicios no deben seguir utilizándose en la frontera con el Perú, mi nombre sobra en el escalafón militar de actividad. Estas razones me imponen hacer la presente solicitud. Me resta pedir por ahora una vacante en cualquiera de las unidades de la línea más avanzada en la frontera, para ir a cumplir mi deber de colombiano, con un fusil, y correr la misma suerte de los compañeros que han venido sirviendo a mis órdenes en aquel frente. Respetuosamente, General A. Rodríguez V”.[63]

En declaraciones hechas al periódico capitalino El Diario Nacional, el general Rodríguez comentó así su decisión: “Es cierta mi renuncia, y se basa en obligantes deberes patrios de la hora (…). Prefiero morir al lado de los míos, cara a cara al enemigo, con el fusil al hombro, que estarme paseando por las calles de la ciudad. El cargo de Jefe Civil y Militar, que por nombramiento hecho en los primeros días de Septiembre acepté y del cual todavía estoy investido, lo he renunciado, porque considero que él tiene más importancia en la frontera que en Bogotá. Con éstas y otras consideraciones de carácter militar dirigí desde el jueves mi renuncia al Ministro de Guerra y también le pasé una copia de ellas al señor Presidente de la República. De ella espero contestación antes del lunes. Cuando fui nombrado Jefe Civil y Militar (…) acudí a la frontera para abrir las bases militares e iniciar los trabajos que la defensa imponía; mi labor de varios meses, bastante intensa allí, fue interrumpida por el llamamiento que se me hizo para que asistiera a varios de los cursos de información que dictó el general Díaz, pasados los cuales yo aguardaba se me ordenara mi regreso, pero han pasado ya varias semanas y esto no se hace. Un militar como yo no puede convenir con que en momentos en que el peligro se presenta, no concurra donde las circunstancias lo reclaman. (…) Mi cargo, como su nombre lo indica, necesita ser ejercitado en el frente, y como no veo la causa por la cual se me quiere tener en Bogotá, he presentado mi renuncia de Jefe Civil y Militar; lo mismo que solicito mi retiro del ejército, pues de no prestar mis servicios en la frontera, no me sentiría digno de continuar vistiendo el uniforme y llevar una espada al cinto”.[64]

Los redactores de El Diario Nacional concluían así la materia: “El general Rodríguez, desde el propio momento en que fué investido del alto y delicado cargo de Jefe Civil y Militar de la frontera, entró a formar parte de los privilegiados por la fama, y el país, que conoce suficientemente las dotes militares y las capacidades de este pundonoroso oficial del ejército,  esperó tranquilo y seguro el resultado de su misión en la frontera (…). La renuncia que el señor general Rodríguez ha presentado de su cargo de Jefe Civil y Militar y los motivos que da para resolverse también a hacer dejación de la investidura en servicio activo son, a nuestro parecer, los que mayor fuerza dan para no aceptar siquiera su idea de retiro, ni menos para destinarlo a un sitio distinto al de la frontera. El general Rodríguez constituye una de las mejores garantías para el éxito de las operaciones militares en el Sur. Hombre valiente, experto en la carrera de las armas y con un corazón bien templado para el servicio de la patria, no es aquel distinguido oficial a quien pueda interpretarse su actitud de forma distinta a la que realmente tiene y debe tener; el general Rodríguez sabe que su espada debe servir para algo distinto que para llevarla al cinto, y como conoce muy bien lo que es el honor militar y sabe de sus deberes como oficial y como hijo de Colombia, sin el menor titubeo se empeña en cambiar la agradable placidez ciudadana y los peligros del frente”.[65]

Amadeo era un soldado a servicio de la Nación. Si el gobierno liberal le impedía concretizar su sueño de dar la vida en defensa de la Patria, el ex general de Colombia se puso a disposición de la República amiga del Paraguay, en cuya legislación aparecía el dispositivo de que oficiales de naciones amigas serían aceptados en las filas de las Fuerzas Armadas de ese país, si así lo quisieran, previa aprobación de las autoridades. Este era el fundamento legal del ofrecimiento de Amadeo. Los fundamentos emocionales del mismo se vinculaban a la admiración que la historia del Paraguay despertaba en el alma de un militar profesional.

En el siguiente texto, Amadeo dejó explícitas sus razones afectivas. Escribió al respecto: “Rige a las gentes paraguayas el más acendrado amor por la patria; los gobiernos, antes que las instituciones de administración, son entidades representativas de soberanía. Índice de tan maravillosa idea de dirección son los presidentes y jefes civiles y militares que  no llegan a sus puestos por ser grandes humanistas, sociólogos, economistas o tácticos, sino por haber demostrado meridianamente su patriotismo. El pueblo impone su sentir. Y cuando una barricada se levanta en las fronteras, surge un soldado de cada ciudadano hábil; y hasta las cunas se mecen con ritmo guerrero. Fue así como una intrépida maestra llevó sus virginales discípulas a combatir en el frente brasileño por los años de 1870; fue natural que el plomo veterano redujera el dilecto batallón a un montón de cadáveres gloriosos. Por la misma razón un aviador, requerido por su jefe para que tomara las fotografías de un fortín boliviano, no tuvo inconveniente en cambiar una bala de metralla, dolorosamente incrustada en el cuerpo, por cada objetivo dibujado en el plano aéreo. Por eso también el sexo fuerte del Paraguay se aniquiló hasta tal punto, que al final de una guerra, las mujeres habitaron las ciudades y los hombres poblaron los camposantos”.

Y continuaba así Amadeo la revelación de su épica admiración por el pueblo paraguayo: “Naturalmente, el Paraguay se me antoja como el ámbito para mi temperamento; allí, donde no se impiden al militar los altos empeños; allí, donde palpita la patria en todas las actividades; allí, donde la mujer tiene un trono altísimo y el hombre un campo de labor que al ser explotado produce como espontáneos efectos de la honradez y del trabajo, la paz, el respeto y la abundancia; allí, donde los traidores están en la cárcel, en el exilio o en el cementerio, y nunca en las plazas de honor y categoría, estuviera yo bien, demasiado bien”.

Nuestro autor terminaba sus razonamientos destacando la sed de patriotismo que lo embargaba cuando vio que, en Colombia, las decisiones atinentes a la defensa incondicional de la soberanía eran tomadas por hombres desprovistos del sentimiento de amor a la Patria, que todo lo cifraban en el cálculo de ventajas políticas partidistas. Estas son sus palabras: “Cuando me ofrecí al Paraguay muchas decepciones habían abatido mi alma. Asqueado por la ordinariez ética de los gobernantes; aterrado por los peculados de hombres denominados insignes; lleno de tristeza porque el hermoso rostro de la República había sido mutilado impunemente; perseguido por haber manifestado un brote de colombianismo (en días en que organicé con las fuerzas armadas de Colombia una conspiración contra los peruanos), desalentado porque al pueblo se le había despojado, por medio del engaño y de la extorsión, de la más valiosa de sus joyas, el patriotismo, hube de comprender que mi espíritu se encontraba abrumado por la indefinible negrura que por sobre la nación entera se cernía. Por eso me ofrecí al Paraguay; porque necesitaba estar de nuevo en medio de patriotas, aun cuando ellos no fuesen colombianos. Quería una patria que me hiciese vivir la mía en lontananza, una patria que por otro aspecto no me era extraña desde la expedición de conocida ley paraguaya. Es verdad que nunca renuncié a ser de los míos (…)( y yo únicamente quería llevarme el sagrado pabellón para agitarlo triunfalmente en medio de unos hombres heroicos , marchar a distantes tierras para demostrar con ejemplos de sangre y sacrificio, cómo eso de la defensa de la patria es algo cierto, necesario y abierto al triunfo, y no como aquí se piensa, cosa inútil, vocinglera ilusión de románticos y dolorosa revista de cañones y uniformes”. [66]

Esta fue la carta dirigida por el general Amadeo al gobierno del Paraguay: “Bogotá, 3 de Diciembre de 1933. – Señor doctor don Alfonso Cifuentes y Gutiérrez. Cónsul del Paraguay. – Pte. – Muy distinguido doctor y amigo: Hace unos treinta días tuve la oportunidad de exp0resarle mi profundo afecto y mi respeto y admiración por el valeroso pueblo paraguayo, honra de América y de la raza, por sus excelsas virtudes, entre las cuales es admirable y deslumbrante su patriotismo y expuse a Usted mi entusiasmo por ofrecer al Paraguay mis servicios y los de mis dos hijos (profesionales de nuestro ejército), para contribuir a la defensa de la soberanía de esa patria nuestra, a la cual me siento ligado como ciudadano. Hoy, que resuenan en mis oídos, con tañidos de gloria y de epopeya, los triunfos de ese pueblo, señor cónsul, quiero reiterarle mis ofrecimientos y hacerle el más férvido testimonio de entusiasmo, y presentarle mis congratulaciones al ejército paraguayo. Con sentimientos de distinguida consideración y aprecio, me repito de Usted su atento, s. s. y amigo, Amadeo Rodríguez V. General”.[67]

El ofrecimiento hecho por Amadeo recibió del gobierno paraguayo la siguiente respuesta: “Asunción, 16 de Enero de 1934. – Sección diplomática. – Núm. 51. – Señor general don Amadeo Rodríguez V. – Bogotá. – El Cónsul del Paraguay en Colombia ha informado del generoso ofrecimiento de usted para alistarse, en compañía de sus hijos, en las filas de nuestro ejército. Sabemos también que esa actitud le ha valido a usted una medida disciplinaria que le ha causado perjuicios en su honrosa carrera. En nombre del Gobierno de la República agradezco a usted tan noble cuan desinteresada conducta. El Paraguay, señor general, defiende su legítimo territorio de una agresión injusta; su causa es la causa del derecho, y la simpatía que ha despertado en el mundo, débese a la simpatía de la causa que defiende. Adhesiones como la suya son las que nos confortan en la gran lucha. Puedo asegurarle que nuestro triunfo ha sido alentado por tanta fuerza moral que nos ha acompañado. El nombre de usted y de sus nobles hijos será inscrito en la lista de los defensores del Paraguay, a pesar de que las circunstancias le han impedido hacer efectivo su noble ofrecimiento. Sírvase aceptar el testimonio de nuestro reconocimiento. Justo Pastor Benítez. - Ministro”. [68]

Amadeo da término a su relato sobre el ofrecimiento al Paraguay, destacando que es el ideal inconmovible del amor incondicional a la Patria el motor de sus acciones presentes y futuras. Estas son sus palabras al respecto: “Si en dos ocasiones, en el Putumayo y en el Chaco, no sé qué fuerza invulnerable por mi voluntad me privó de ser el patriota en acción (aquí, porque cuando me alistaba a restablecer el tricolor nacional en Leticia, fui considerado peligroso por no cejar en mi integridad de soldado; allá porque cuando iba a enseñar a los amnésicos de esta tierra cómo se defiende la patria, fui retribuido con un título de honor, pero no con la magnífica realidad que esperaba),  puedo afirmar, sin embargo, que en la defensa de Colombia, este general retirado temporalmente no tomará otra pauta que aquella cuyo término está formado unas veces por el laurel fresco, y otras por la humilde cruz de madera clavada sobre una tumba lejana. En ciertos momentos de nuestra existencia, cobran valor los escritos de los genios. Hoy comprendo por qué Shakespeare dijo que de los fragmentos de la espada del héroe vencido, se forjará el acero del valiente. Amada Patria mía, una e indivisible, inmutable y soberana, aun contra el sentir de hombres actuales, os presento de nuevo mi acero, como en pretéritos días”. [69]

El general Amadeo se sintió muy identificado con la historia del Paraguay, país que a lo largo del siglo XIX logró organizar el ejército más poderoso de la América del Sur, habiendo llegado, a mediados de esa centuria, a los 80.000 hombres bien entrenados y armados. Esa obra de renovación de la fuerza armada paraguaya estuvo acompañada por un proceso modernizador de la industria y de la economía del país guaraní, bajo la rígida batuta de hombres conservadores y decididos estadistas de alto tenor nacionalista como fueron el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840), Carlos Antonio López (1790-1862) y, principalmente, el general Francisco Solano López (1827-1870), quien con el apoyo de Napoleón III de Francia (1808-1873) tenía el proyecto de organizar un Imperio de habla castellana y guaraní que aglutinase las provincias españolas del Cono Sur del Continente Suramericano, con la finalidad de contraponerse al Imperio brasileño. Este proyecto terminó dando espacio a la Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza (1864-1870), en la que el Brasil, la Argentina y el Uruguay vencieron a los paraguayos, prácticamente diezmando la población masculina del país guaraní. La gesta heroica de Solano López llamó mucho la atención de hombres ligados a las armas y con un acendrado patriotismo como era el general Amadeo. Sin que sean olvidadas las historias de capa y espada que acompañaron a la compañera de Solano López, la bella y joven irlandesa Elisa Alice Lynch (1835-1886), de origen aristocrática y que, a los 20 años de edad, lo abandonó todo para seguir en el Paraguay a su “Napoleón tropical”, como llamaba al amante compañero, con quien tuvo cinco hijos. Madame Lynch participó activamente en la Guerra del Paraguay, vistiendo el uniforme de coronel del ejército, habiendo organizado el eficiente servicio secreto de este país. [70]


Guillermo Rodríguez Téllez, oficial del Ejército colombiano formado en la Escuela Militar de Santiago de Chile. Santiago, 1935. (Foto: Álbum de familia).

De izquierda para derecha: Medarda, la hermana del general Rodríguez; Amadeo; su hija Aura Victoria; su esposa Isabel, "Chavita"; su hijo Guillermo y su hija Soledad. Casa de Muequetá - Chapinero, Bogotá, 1936, algunos meses después del atentado sufrido por el general en su residencia. Obsérvese el uso de bastón por el general, que aún se recuperaba de la herida sufrida en el pie, en el tiroteo perpetrado por la policía y el servicio secreto, a mando del Ministro de Gobierno, Alberto Lleras Camargo. (Foto: Álbum de familia).

II – La “Conspiración Conservadora” de 1936, según Amadeo Rodríguez.

En esta segunda parte desarrollaré cuatro puntos: 1 – Los Conservadores y el gobierno de Olaya Herrera (1930-1934). 2 – ¿Hubo una “Conspiración Conservadora” en 1936?  3 – La prisión del general Amadeo en Junio de 1936. 4 – Amadeo Rodríguez, fugitivo de la República Liberal.

1 – Los Conservadores y el gobierno de Olaya Herrera (1930-1934).

Los conservadores aceptaron el triunfo de Enrique Olaya Herrera en 30, que le puso término a la hegemonía conservadora que se extendía desde 1886. Hubo, durante el gobierno de éste, como se ha visto en páginas anteriores, la participación de ministros conservadores, como era el caso de Carlos Arango Vélez, el titular de la pasta de Guerra al comienzo del conflicto amazónico. El propio general Amadeo consideraba que, a pesar de no comulgar con los principios del liberalismo, acataba el gobierno de los liberales, proveniente de la voluntad popular. De hecho, los liberales decidieron tener una actitud moderada, permitiéndoles a los conservadores participar en el gobierno. Fue una fórmula de convivencia estimulada por la cabeza pensante del Partido Liberal, Alfonso López Pumarejo (1886-1959), que a pesar de aspirar al poder presidencial, prefirió dejar que fuera elegido el embajador de Colombia en los Estados Unidos, Olaya Herrera. La osadía de los proyectos reformistas de López Pumarejo le habría cerrado el paso, en ese momento, a los liberales.

El Ejército, a pesar de su tradición conservadora, respetó la voluntad del electorado en 30. A propósito de la llegada de los liberales al poder, escribe Amadeo: “Después del triunfo electoral de Olaya Herrera, el liberalismo fijó sus ojos en el ejército. En algunos países tropicales suceden monstruosos atentados contra la Constitución como el de no entregar el poder a quienes han obtenido una mayoría en las urnas ciudadanas. Y aunque en Colombia calienta el sol, para fortuna del liberalismo, el ejército era conservador en aquel entonces. Ser conservador implica ser honrado sobre todas las cosas, y en esta calidad del partido tradicionalista se encuentra la explicación de por qué el antiguo embajador ante la Casa Blanca pudo ceñirse tranquilamente la banda presidencial. Personalmente no me faltaron deseos de encabezar un movimiento que diera por tierra con la opinión; se me hacía tremendo para la Patria que el partido liberal, el mismo que asoló las comarcas y diezmó los hombres en los años de su desgobierno, volviera a tomar el timón del Estado en medio de una ceremonia celebrada por ironía de la suerte a los acordes del himno que compuso Rafael Núñez. Sugestivo me parecía que el movimiento contara con el éxito, y que cualquier suceso extraordinario al respecto tendría justificación en evitar a la nación los grandes males que se veían acumulados sobre su horizonte. Todo, sin embargo, se redujo a deseos. Yo tenía que cumplir ante todo mi deber como militar y como ciudadano; por eso si alguno me hubiera propuesto un golpe de cuartel, lo hubiera rechazado violentamente. Antiliberal decidido, amante del porvenir de la Patria, supe ser digno con dolorosa dignidad”. [71]

En entrevista concedida a Eduardo Santos Montejo (1888-1974) a mediados de Febrero de 1930 y que fue publicada por El Tiempo de Bogotá, dijo el entonces coronel Amadeo, que ya se destacaba como líder en el ejército: “- ¿Y qué opina usted (…) del triunfo que ha obtenido el doctor Olaya Herrera en las elecciones? – Que si ese triunfo se confirma, como todo el mundo dice, nadie pensará en oponerse a la expresión de la voluntad popular manifestada en unas elecciones libres y puras. El Presidente de la República elegido por el pueblo irá al poder, y en cuanto del ejército dependa, la transmisión del mando será un acto tan tranquilo, tan correcto y civilizado, como lo fue la posesión del doctor Concha o el doctor Abadía Méndez. Están locos los que se imaginan que el ejército de Colombia pueda servir para rectificar por la fuerza el resultado de las votaciones (…)”.[72]

En las primeras décadas del siglo XX el ejército colombiano se había modernizado, siguiendo igual tendencia presente en la sociedad y en la cultura colombianas.[73] Gracias a las reformas llevadas a cabo por los generales Rafael Reyes (1849-1921) y Benjamín Herrera (1853-1924), que le abrieron la puerta a la influencia de concepciones modernas (de origen suizo y alemán), fue creada en 1909 de la Escuela Superior de Guerra. Uno de esos aspectos modernizadores era revelado por el espíritu profesional del ejército, manifestado en la actitud de la corporación armada frente a los pleitos electorales, respetando la decisión de las urnas. Mi abuelo participó del último lance que contrapuso a militares movidos por el celo partidista y vivió de forma intensa la transición modernizadora del ejército colombiano. Efectivamente, con la edad de 18 años tomó parte en la Guerra de los Mil días (1899-1902), habiendo sido salvo del pelotón de fusilamiento por un sorpresivo ataque de las fuerzas conservadoras. Como joven oficial fue, por otro lado, uno de los fundadores de la Escuela Superior de Guerra, que consagró la modernización del ejército.

2 - ¿Hubo una “Conspiración Conservadora” en 1936?

En su obra, el general afirma, de manera indirecta, que sí la hubo. Cuando un régimen atiende a los requisitos del bien común, no se puede hablar de “conspiración” en su contra, sino de tentativa de golpe. Lo que hubo en 36 fue una Conspiración. ¿De quién? De la sociedad colombiana que se sintió acosada por el Partido Liberal, en la tentativa de éste implantar una hegemonía sobre los conservadores, excluyéndolos brutalmente de la disputa política mediante el asesinato y el terrorismo de Estado. Durante el largo ciclo de la denominada “hegemonía conservadora”, hubo regularmente la participación de los liberales, salvo en la última fase, entre 1926 y 1930, en el gobierno de Abadía Méndez, período en el cual los liberales se negaron a participar en el gobierno.

Para nuestro autor, “(…) No se puede conspirar si no existe un amplio y profundo fondo de razón y de justicia. Conspirar contra lo bueno es llevar a efecto un atentado criminal o cualquier otra cosa menos conspirar, porque son muchas las condiciones que se requieren para que la conspiración surja sin los visos de otro fenómeno. Así como para la legítima defensa se necesitan varios factores jurídicos, como la inminencia del peligro, la agresión injusta y la ausencia de cualquier otra garantía distinta a la violencia, también para la conspiración son menester muchos antecedentes, trabados unos en la coordenada de la moral y levantados otros sobre el plano del patriotismo”.[74]

La auténtica conspiración no puede ser acto violento aislado. Debe ser la traducción de una voluntad mayoritaria, la presencia masiva de la voz de la nación. Con tintes poéticos, así ampliaba el general Amadeo el significado de este término: “La conspiración es el movimiento nacional que se prepara en medio de un silencio majestuoso; la conspiración se lleva a efecto, pacíficamente si se quiere, empleando la fuerza como único subsidio; la conspiración es el surgimiento de una legión de libertadores; la conspiración es la saludable medicina que hace renacer en las conciencias entenebrecidas la imagen inmaculada de la patria. Cuartelazo, asalto, complot, sorpresa y suplantación, son en cambio combinaciones fraudulentas de una minoría peligrosa, que juega su suerte contra la del pueblo entero, o toma arbitrariamente una posición que no le pertenece, impulsada por sus  incontenibles aspiraciones personales. Noble, bella, la palabra conspirador, si bien se entiende, es la cifra de un futuro espléndido que amenaza con sus fulgores de sol en amanecer, acabar con la negrura de un régimen. Conspirador es en definitiva el personaje, encarnación del patriota, que quiere terminar de una vez por todas con las fuerzas fatídicas que pretenden envilecer el destino de los hombres u opacar los ideales de los mismos”.[75]

Amadeo utiliza en su obra la ironía para caracterizar el clima de terror que los liberales impusieron en Colombia a partir de la elección de Alfonso López Pumarejo en 1934 y la instauración de su “Revolución en Marcha”, con profundas reformas económicas, culturales, sociales y políticas que eran rechazadas por los conservadores. Pero lo que más afectó las relaciones de colaboración entre los dos partidos tradicionales fue la política  definida de exclusión de la colectividad conservadora del gobierno. Para él, la élite liberal fingía que todo estaba a las mil maravillas, mientras, de forma disimulada y criminal, perseguía a muerte a los miembros del Partido Conservador. La lucha de éste fue por su supervivencia y para garantizarle a Colombia el ejercicio de la democracia, que presupone el funcionamiento legal de la oposición.

El general aducía diez razones que justificaban la reacción conservadora. En primer lugar, el liberalismo desfiguró la imagen de Colombia, haciendo una caricatura de república y proyectó “tan híbrida concepción sobre el dolor, la sangre y las lágrimas de un gran partido vencido”. Segundo, fueron atacadas “las normas inmutables de la humanidad”, oponiendo al cristianismo un “movimiento sofista, materialista y falsamente revolucionario”. Tercero, suprimió de la Carta Fundamental el nombre de Dios. Cuarto, eligió “un presidente inepto y veleidoso, que una vez en el solio de Bolívar” llamó a los puestos de la administración “a los sectarios, escribas y fariseos de la política”. Quinto, absolvió y aún felicitó “al jayán que asesina por la espalda a su magistrado”. Sexto, redujo a cenizas “los hogares de los ciudadanos de una región”. Séptimo, profanó los hogares de sus adversarios, al “encuadrar en la estancia de la mansión honrada las escenas de la violación, del linchamiento y del robo”. Octavo, alejó al Partido Conservador “de las urnas eleccionarias” y convirtió “los cuerpos colegiados en suntuoso banquete de apetitos”. Noveno, transformó todo un ministerio en refugio de traidores y en foco de inmoralidad. Décimo, condujo “al espíritu de las naciones nuevas el morbo del materialismo” e hizo que se olvidara, con literatura extranjera, “el recuerdo de la cariñosa cruz, con la cual todo colombiano ha despuntado la alborada de sus ojos”.[76]

¿Hubo efectivamente una conspiración de los conservadores para derribar el gobierno de López Pumarejo? Ya hemos visto que Amadeo sugiere en su obra que sí la hubo, a pesar de que no delinee claramente sus contornos. ¿Qué dicen los historiadores?

Mencionaré, al respecto, las conclusiones a las que llegan los estudiosos Silvia Galvis y Alberto Donadio. Para ellos, una conspiración conservadora favorecía los intereses políticos de Laureano Gómez, quien, en esos momentos, tendría dificultad en alcanzar el poder por el voto, dados los controles que habían sido puestos en marcha por los liberales. Un golpe de los descontentos con las reformas de López sería la forma más práctica de llegar al poder. Gómez habría encontrado, en la coyuntura política internacional del momento, la forma de aproximarse pragmáticamente de los alemanes que le darían apoyo internacional a un nuevo gobierno conservador. Un plan para derribar a López había sido fraguado por Laureano, el “leopardo” Augusto Ramírez Moreno y el general Amadeo Rodríguez. La conspiración fracasó por desentendimientos entre ellos. [77]

No que Laureano fuera partidario de las ideas totalitarias de Adolf Hitler (1889-1945). Los escritos del líder conservador, como por ejemplo su obra El cuadrilátero,[78] en la que desarrollaba una crítica contundente a los modelos totalitarios en ascenso en las primeras décadas del siglo XX, no autorizan ese tipo de vinculación. Desde el punto de vista doctrinario, un conservador como Laureano, o como Amadeo Rodríguez, estaría más propenso a defender ideas corporativistas como las adoptadas por el falangismo de Francisco Franco (1892-1975) en España. Pero habría razones de tipo táctico y pragmático que justificarían una aproximación a la Alemania nazi, de forma semejante  a lo ocurrido en otros contextos conservadores como el brasileño, con Getúlio Vargas (1883-1954) y la denominada “segunda generación castillista”, por ejemplo. [79]

3 – La prisión del general Amadeo en Junio de 1936.

El general negaba cualquier participación directa suya en un plan conspirador para derribar las instituciones. Consideraba, sin embargo, que los conservadores habían buscado reorganizarse, frente a la exclusión de que habían sido víctimas por los liberales y para defenderse de las persecuciones que se movían contra ellos. Esa reorganización del conservadurismo colombiano acompañaba el movimiento de ideas tradicionalistas en el mundo. Estaba en alta el corporativismo, en el contexto de las ideologías de derecha. En el caso colombiano, a pesar de que haya habido alguna influencia de las ideas nazis y fascistas, la más fuerte influencia provino del pensamiento integralista español (el franquismo) y portugués (el salazarismo).

En el seno del conservadurismo colombiano, se diseñaron, a lo largo de la década del 30 y más especialmente a lo largo de los años 40, dos vertientes: la tradicional conservadora, fuertemente centralizada alrededor de Laureano Gómez y la del nuevo conservadurismo pensado por hombres de doctrina y acción como “Los Leopardos”, que se fueron polarizando en el grupo liderado por Mariano Ospina Pérez. Particularmente incisiva fue la acción de Silvio Villegas desarrollada en Antioquia, Caldas y el Occidente colombiano. La idea central de su predicación era que se trataba de rescatar la tradición local, contra el centralismo de los conservadores de antaño. ¡El pueblo vive en el municipio! Villegas repetía esto hasta la saciedad. Es, por lo tanto, ahí, en las pequeñas cabeceras municipales en donde se debe dar la batalla en torno a la defensa de la tradición. La posición del general Amadeo, a mi modo de ver, fue evolucionando del laureanismo para el ospinismo, en la medida en que la concepción centralizadora de la primera vertiente fue perdiendo espacio para la segunda.

Pero en los sucesos del 36, el general Amadeo aún estaba inspirado por la concepción laureanista. De ahí que se reportara al Directorio Nacional Conservador en los momentos de duda. Al respecto de su participación en una supuesta conspiración conservadora, consideraba que esta hipótesis no procedía, por cuanto lo único que los conservadores tradicionales buscaban, con Laureano a la cabeza, era la reorganización del Partido a partir de unas encuestas que buscaban identificar los miembros dispersos.

Desde el ángulo liberal, la radicalización provino especialmente de las gestiones partidistas llevadas a cabo por el Ministro de Gobierno de López Pumarejo en 1936, Alberto Lleras Camargo (1906-1990). La consigna era acabar con la memoria del conservatismo, considerado como un prolongamiento de la Edad Media en la historia colombiana. Apenas para ilustrar ese espíritu sectario de cruzada anti conservadora, valga recordar un texto de Lleras Camargo: “(…) Teníamos entonces una sensación (…) como de Renacimiento. Creíamos estar reanudando la historia en los días gloriosos de las mejores luchas contra el colonialismo, el fanatismo, la opacidad y el deslustre de la vida colombiana, dedicada a una perfunctoria democracia, a la cual se le jugaban malas pasadas en cada elección por el fraude y por la violencia. El estilo mismo de los mensajes presidenciales, en donde más podía contribuir yo (…) era una inversión de lo que se había dicho desde Núñez, Caro, Suárez, como grandeza, y pobremente repetido por los sucesivos presidentes y ministros del conservatismo, pero siempre con el ánimo de que la nación no se moviera bajo la armadura española, - la maquinaria filipina, montada sobre las armas oficiales, los curas del pueblo, los funcionarios y la estructura intermedia de Obispos y políticos retardatarios -. Y sentíamos además, que el pueblo se movía, respiraba, se sentía alegre y hasta un poco agresivo bajo los nuevos impulsos (…)”. [80]

La hipótesis conspiradora, consideraba Amadeo,  “(…) se debió (…) a la equivocación que sufrió el liberalismo al confundir las gestiones de un movimiento civil con las diligencias preparatorias para dar por tierra con el Gobierno denominado República liberal. El más elemental sentido común aconsejaba que la organización política, y tal vez preelectoral, no se llevara a término pregonando a los cuatro vientos sus detalles. Esa organización ordenada por la convención conservadora, era lícita, constitucional y tan ajustada a derecho, como la propaganda que realiza el candidato a la Presidencia de la República o la agitación que promueve un centro de estudios para hacerse adeptos (…). El conservatismo en actividad, después de una larga abstención electoral y administrativa, fue el pretexto para que se le acomodaran intenciones audaces: y como el Valle y el Cauca fueron los sectores que más necesitaron de atención para las gestiones organizadoras, esos puntos fueron señalados como los focos de la conspiración. De esta suerte Primitivo Crespo y Arcesio López Narváez fueron llamados conspiradores. Se necesitaba además una cabeza militar, y como el general Amadeo Rodríguez había manifestado en muchas ocasiones su inconformidad con el régimen, fue señalado jefe del movimiento”.[81]

El general hacía hincapié en que, después de su salida del ejército, se había dedicado a las actividades particulares, como productor rural. “(…) Me convertí en un labriego; en mi pequeña finca de Guayabal pasé duras horas de campesina labor, y puedo decir que, a excepción de unos pocos viajes que hice a Bogotá, no tuve comunicación con personajes conservadores, mucho menos con directores del partido, pues hacía mucho tiempo me había retirado de los directorios nacional y departamental”.[82]

Nuestro autor cita en su obra la noticia de prensa acerca de su prisión, ocurrida el 22 de Junio de 1936. Estos son los términos del informe noticioso distribuido por la agencia United Press: “El general Amadeo Rodríguez herido y arrestado al oponerse a un allanamiento. Bogotá, 22 de Junio de 1936 (UP).- El general Amadeo Rodríguez, ex comandante de las fuerzas colombianas en el Amazonas al iniciarse el conflicto con el Perú, fue herido en un pie, y el detective Jesús Rivera resultó gravemente herido de un balazo, a consecuencia del tiroteo que se produjo cuando el juez, Arturo Peláez, acompañado de ocho detectives, llegó a efectuar una ronda en la casa de Rodríguez, que es conocido como activo jefe de los conservadores. Al notificar el juez el objeto de su visita, Rodríguez disparó su pistola contra él, pero se interpuso Rivera, siguiéndose un tiroteo que terminó poco después con la prisión de Rodríguez”.[83]

No fue esa, con todo, según el general, la verdadera versión de los hechos ocurridos en su residencia del barrio Muequetá, en el sector noroccidental de la ciudad, cerca de la Quinta Mutis, que albergaba las instalaciones del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. La prensa liberal repitió la noticia distribuida por la United Press. Pero los hechos fueron diferentes, según Amadeo Rodríguez.

Al respecto, afirma: “La mañana del 22 de Junio pasó sin incidente alguno; a pesar de que oí que un detective había permanecido, durante unos momentos, en los sótanos de mi quinta, favorecido por la oscuridad de la noche anterior, fui despreocupadamente al centro de Bogotá con el objeto de realizar algunas diligencias de carácter enteramente comercial. Hasta las dos de la tarde no regresé a Muequetá. Me hallaba recostado en mi alcoba, cuando supe que una distinguida amiga había llegado de visita; me dispuse a salir para saludarla, pero mi señora, que en aquel momento se asomó al ventanal, me informó que unos hombres con armas en la mano rondaban silenciosamente la casa. Porque mi esposa manifestó el temor de un ataque, tuve que recordarle que lo interesante era saber defender el propio hogar. Un detalle imprevisto precipitó los acontecimientos, no dándome tiempo siquiera de empuñar mi machete de campaña, única arma que en la ciudad poseía porque había dejado mi pistola en Piedecuesta. Un taxi rojo llegó a buena velocidad, y frenando en la verja, dejó a un joven en quien reconocí al decidido amigo mío Alcides Gil Bernal. Salir del automóvil y verse atacado de improviso por los hombres que rondaban, fue obra de breves minutos; con ferocidad inaudita los atracadores lo amordazaron, le pusieron esposas y le golpearon duramente cuando Gil, consciente de la agresión, trató de defenderse. Yo pude presenciar el hecho y por eso bajé a toda carrera las escaleras con el propósito de protestar contra el atentado. Una descarga de pistola me recibió en el vestíbulo. Ignorante de los móviles de aquella banda violenta no pensé en retroceder, y por el contrario me lancé al descubierto, enérgico aunque inerme. Mi presencia ante los atacantes produjo dos fenómenos: el abandono de Gil por parte de quienes lo asían y el recrudecimiento del tiroteo dirigido contra mí. Mientras avanzaba dando el pecho a los asesinos, sentí intenso escozor en un pie y luego el debilitamiento del mismo. Comprendí que me habían herido; fue entonces cuando grité: Carajo, me tocaron estos bandidos…”.[84]

Amadeo Rodríguez continuaba así el relato del allanamiento de su casa y de la prisión de que fue víctima: “Sin volver la cara continué avanzando con la resolución de castigar a puño libre el asalto aleve. Los fuegos se multiplicaron. De tres direcciones distintas las balas empezaron a incrustarse en las paredes de la casa. Rodeado por un círculo flamígero, sentía el silbido de los proyectiles que casi me rozaban. Afortunadamente, cuando menos lo esperaba, me di cuenta de que Gil Bernal, haciendo esfuerzos inmensos, había cruzado las manos encadenadas para sacar en máximo esfuerzo su pistola, con la cual empezó a disparar de tiempo en tiempo. Sobrecogidos de pánico colosal, los malhechores empezaron a retroceder sin dejar por esto de hacer fuego. Gil, ganando terreno por momentos, alcanzó a cubrir una cuadra, al final de la cual (esquina de la Quinta Mutis), vió un escuadrón de policía que en movimientos envolventes llevaba como objetivo preciso la ocupación de mi casa. Detenido en aquel punto, volvió a la quinta entre el tumulto de oficiales y agentes que de Bogotá afluyeron con sospechosa rapidez. Cuando caí en la cuenta de que el valiente Gil había puesto en fuga a los facinerosos, regresé a la sala, de donde fui conducido hasta el lecho apoyado en los hombros de mi hermana y de mi esposa, quienes me creyeron gravemente herido, a juzgar por la cantidad de sangre que de mi herida se escapaba. Todo había pasado tan rápidamente, que me parecía un sueño de mediodía. Abrumado a preguntas no acertaba a responder; sólo cuando volvió la calma, tuve la seguridad de que el régimen liberal había sido el autor de aquel cobarde atentado”.[85]

El general Rodríguez terminaba el relato de su prisión de la siguiente forma: “Justamente en el instante en que trataban de quitarme el zapato, de manera cuidadosa para no maltratar el pie que ya empezaba a inflamarse, vi aparecer en el umbral de mi habitación la rubicunda faz del general De León, acompañado de muchos detectives y policías. Yo no sé, pero en aquel álgido momento el distinguido ciudadano de la República liberal me pareció, con su altura, con su obesidad y con su fanfarronería, el cazador rústico consciente de su mediocridad y orgulloso del furor de su jauría. Sus primeras palabras fueron: General Rodríguez, ¿es así como usted recibe a la autoridad?...Yo vine a confirmar la sospecha fuertemente pronunciada de que los asaltantes pertenecían a una banda de detectives. Sin consideración a mi estado, el general de marras avanzó por la estancia energúmeno e impositivo, para demandar una pronta contestación. Perdóneme la vida – le dije –y dispénseme que no lo reciba en la debida forma, porque sus detectives me han herido. Sin comprender el sentido de mis palabras, el chafarote, con sus actitudes inadecuadas, sentenció: Está usted preso e incomunicado (…)”. [86]

Por el relato del general Amadeo se puede llegar a la conclusión de que la invasión de su casa y su prisión fueron actos policíacos al margen de la ley. La orden para el atropello había salido del Ministerio de Gobierno, a cargo de Alberto Lleras Camargo.  No hubo la comunicación formal de parte de un juez, que indicara el delito por el cual se procedía a la invasión de la casa del general. Tampoco se justificó legalmente su prisión. Mucho menos hubo una justificativa frente a los atropellos de que fueron víctimas sus familiares (la esposa y la hermana de Amadeo) y la persona que se hallaba de visita en la casa del general en la hora de la invasión, una señora amiga de la familia. La esposa del general tuvo que darle una bofetada al policía que trataba de desnudarla con el propósito de requisarla. Los policías encontraron un antiguo croquis de la región amazónica, hecho por el Estado Mayor del general Rodríguez en la época de la guerra contra el Perú y concluyeron que se trataba de una parte del plan de desestabilización política que los conservadores estaban planeando.

Grande fue la consternación sufrida por los familiares de mi abuelo, por su esposa, “Chavita” y por sus hijas, Aura Victoria (mi madre) y Soledad, que cuando se produjeron los hechos policíacos estaban ausentes de la casa. Al respecto, escribió el general: “Mis hijas Aura Victoria y Soledad, que afortunadamente no se encontraron en momentos del inaudito atentado, llegaron al atardecer, cuando las labores de su colegio terminaron. Yo muchas veces he pensado en la impresión tristísima que esas hijas mías experimentaron cuando al llegar a su hogar encontraron en vez de los brazos cariñosos de su padre y de la sonrisa complacida de la señora que les dio el ser, un reguero de sangre que marcaba el itinerario de un jefe de hogar arbitrariamente abaleado. Y fortuna mayor fue la de que mis hijos Guillermo y Carlos, ambos militares, no tuvieran pronta noticia de lo sucedido; y mejor que no pudieran imaginarse lo que representaban las figuras macilentas y atormentadas por la angustia de tres mujeres que, entre la turba que saqueó su hogar, aparecían como albatros de dignidad en medio de un naufragio de violencia”.[87]

4 – Amadeo Rodríguez, fugitivo de la República Liberal.

La defensa del general Amadeo fue hecha por uno de “Los Leopardos”, José Camacho Carreño (1903-1940), que no tuvo dificultad en libertar a su cliente, dadas las visibles fallas jurídicas de todo el affaire policial protagonizado por los hombres del general De León. A propósito de su liberación, escribe el general Rodríguez: “Cinco días permanecí detenido e incomunicado en el cuartel de policía de la calle cuarta. La ofuscación del primer momento no permitió que se viera claramente la ilegalidad de mi detención. En un hecho sencillo estribaba la petición de mi libertad: Veámoslo: fui detenido por la policía sin que para ello mediara orden judicial escrita, y es sabido que, según la Constitución Nacional, ningún ciudadano puede ser molestado en su persona o familia, ni reducido a prisión o arresto, ni detenido, ni su domicilio registrado, sino a virtud de mandamiento escrito, de autoridad competente, con las formalidades legales, y por motivo previamente definido en las leyes. Por otra parte, en lo tocante al Código Procesal Penal, en el expediente o sumario que se me seguía por complicidad en una conspiración, no se apareció la orden de captura, de allanamiento, o siquiera de presentación. Existía, pues, con mi detención una situación de hecho que denotaba manifiestamente la arbitrariedad y dejaba comprender, sin lugar a dudas, el fenómeno clásico de lo injurídico”.[88]

Amadeo termina así el relato acerca de su liberación, destacando  el poco respeto que la República Liberal tenía por el Estado de Derecho: “El doctor José Camacho Carreño, con su inteligencia superior, presentó el alegato correspondiente para conseguir mi libertad. Inmediatamente se me abrieron las puertas de la cárcel. Y si extrañeza despertó entre los liberales el verme libre, esto fue una manifestación de que para la República que preside el antiguo banquero don Alfonso López es irregular y misterioso el proceso del Derecho, y mejor que su proceso las proyecciones de reivindicación que de él emanan cuando una sentencia o un auto favorecen a los conservadores, desalojados por ficción atrevida de lo que en tiempos de Bolívar, de Santander, de Mosquera, de Núñez, y (aún lo increíble) de Olaya Herrera, se llamó República de Colombia”.[89]

Después de los incidentes policiales y de su liberación, el general Rodríguez permaneció en su residencia recuperándose de la herida sufrida en el atentado. Allá fueron a visitarlo y a prestarle su solidaridad miles de personas, que dejaron consignados sus comentarios en el “libro verde” (como mi madre y mis tías llamaban al cuaderno de anotaciones en el que fueron escritos los mensajes de los visitantes). Algunos comentarios se destacan, como los que cito a seguir:

“Mi general: Los rótulos no nos distancian; la amistad a base de lealtad vale por sobre todo. Las puntas de su espada y de mi pluma han defendido siempre el girón de tierra que nos vio nacer. Así hemos honrado los catafalcos de Rafael Uribe Uribe y de José Vicente Concha. Ciro Bautista V”. “Al gallardo soldado de mi Patria, mis felicitaciones por su actitud. Reciba él un abrazo en nombre de sus camaradas guaraníes. Rolando Uberti degli Real”.  “En el brazo levantado del general Amadeo Rodríguez está flameando la bandera de una Colombia nueva y bolivariana, con vocación de hazaña y de heroicidad. El general Rodríguez es el varón que tiene el alma sobre el hombro como un águila. Eduardo Carranza”. “Mi general: Excuse las palabras mal escritas, pues son de un estudiante pequeño, pero que ama a la Patria. Esa herida representa su valor, amor a Colombia y honor para usted, pues se ha defendido con dignidad. Su admirador y compatriota. Estudiante del Liceo de la Salle. Guillermo Lesmes”. “La herida del general Rodríguez significa la unión del partido. M. Castro B. General”. “Mi querido general: Escribo aquí para que conste que soy su amigo, que lo admiro, y que benditos los que sufren persecución por la justicia liberal. Muy suyo. Mario Fernández del Soto”.[90]

El disfrute de la libertad fue corto para el general Amadeo. A mediados del mes de Julio del 36, amigos liberales le comunicaron que el gobierno tenía planos para secuestrarlo, pasando por encima de las decisiones de la Justicia. Uno de los interlocutores del general, identificado apenas domo Don Lucas, perteneciente a la Masonería y con fuertes vínculos con el régimen, le informó: “(…) Estoy seguro de que el gobierno no se habrá de contentar con una detención provisional, sino que lo mantendrá a usted en la cárcel indefinidamente. Usted sabe, general, mi sinceridad La premura hizo que yo viniera a buscarlo, porque momento por momento en el ánimo de los directorios liberales aumenta la seguridad de que usted es una amenaza para la estabilidad del régimen actual”.[91]  A pesar de no concordar en un comienzo con entrar en la clandestinidad, frente a los razonamientos de su interlocutor que destacaba que el gobierno liberal no tendría límites para ejecutar la acción que se proponía, el general aceptó.

Paralelamente a esto, hechos extraños comenzaron a suceder. La casa del general comenzó a ser vigilada por personas desconocidas. Los contactos de Amadeo lo alertaron para el hecho de que la policía y el servicio secreto del Estado planeaban una segunda invasión a su casa y que se estaba fraguando un atentado contra el jefe del conservatismo, Laureano Gómez. Así las cosas, mi abuelo aceptó poner en ejecución un plan de fuga, para lo cual contó con el apoyo de los comités de seguridad del Partido Conservador, además de la colaboración preciosa de informantes pertenecientes a varias esferas del gobierno.

A propósito del ambiente de inseguridad que entonces se vivía, escribe el general Amadeo: “La seguridad de Laureano Gómez me situó otra vez en presencia de mi caso. Una tarde, una de mis hijas fue insultada soezmente por un detective, quien le anunció que en noche no lejana la policía acabaría con mi vida y con la de los amigos que se encontraran en mi casa. Para mis adentros tuve la seguridad de que tantos rumores y noticias convergían en una realidad espantosa que no tardaría en presentarse. Descartado el doctor Gómez, la reacción liberal se vendría torrentosa contra mí. Y me dije: ¿Cómo es posible combatir con tan desiguales armas? ¿Cómo es posible llegar al éxito, si mi meta es la justicia y ella está representada por mis enemigos?”[92]

El general Amadeo comenzó su viaje a la clandestinidad la noche del 23 de Julio del 36. Pasó a identificarse como el señor Guáqueta. Sus colaboradores, amigos liberales y conservadores, recibieron en Caminos de guerra y conspiración nombres ficticios como Don Lucas, Armando Sorel, Antonio Raudo, Elio Flavio de Guzmán, etc. Era de explicarse esta precaución, pues Amadeo redactó su obra en 1937, cuando aún estaba activa la persecución del régimen liberal contra los opositores.

Nuestro autor narra con detalles los primeros momentos de su aventura: “Desde las once de la noche, yo estaba listo para la marcha. Con el pretexto de efectuar la cotidiana curación de mi herida, hice que en aquellos momentos sólo mi señora me acompañase. Todos los demás familiares se encontraban en la sala, atendiendo a unas visitas e ignorantes de lo que iba a suceder. A una señal convenida, salí por la puerta posterior de la casa, silenciosamente y cuidando de no ser visto. Ya en la calle, la portezuela del automóvil se abrió y con ella el lapso de aventuras que iba a realizar, emocionado unas veces, deprimido otras, pero acompañado constantemente por el encanto que me retrotraía a siglos distantes, a los tiempos felices de la espada y del código de honor. Una vez en la cabina, dije a Don Lucas: - Pero, ¿no le parece a usted que va a quedar muy fácil para la policía dar con nuestro paradero, si las placas del automóvil nos han denunciado de antemano?... – Las placas están cambiadas – informó Armando Sorel -, y por máxima precaución, en la estación de Lara tomaremos un taxi rojo que nos dejará a dos cuadras de la casa que va a alojarlo. Miré mi querida casita por última vez, y por sencilla, no pude menos de considerarla el palacio de mi esperanza. Y aceleramos…”.[93]

Con el fin de preservar el anonimato y la seguridad del general Amadeo, él mismo, con la ayuda del servicio secreto del Partido Conservador, desarrolló un plan de acción bastante detallado. Aspectos de ese plan fueron narrados en los siguientes términos por nuestro autor: “(…) En un plano imaginario acordamos los puntos de la peregrinación. Raudo, que disponía de su magnífico automóvil, encontró en él un buen instrumento para llevar a término nuestra empresa. Y por ser prominente figura social, contó desde el primer momento con la colaboración inconsciente de sus consociales liberales. Para iniciar la serie de viajes preparamos una prudente cantidad de placas de automóvil con el objeto de que si en corto trecho éramos descubiertos, no pudiese la policía identificar el número del carro. Por otro aspecto inventamos un sistema de clave restringido, y de personalísima interpretación: ciertas palabras se asimilaban a frases, y ciertas frases tenían la efectividad de una noticia completa. Por sobre todo, el continuo movimiento de nuestros esfuerzos debía concordar en la certidumbre de no efectuar viaje alguno si ello no era absolutamente necesario. Consideramos que el disfraz era cosa innocua, por cuanto sabíamos que los hombres del general De León esperaban encontrarme en circunstancias opuestas a la exactitud de mi personalidad. Un servicio informativo también se estableció; algunas mujeres y cuatro caballeros situados en la Policía, en el Ministerio de Gobierno, en la Prensa y en los Teléfonos, se encargaron de la útil institución”. [94]

Durante cuatro meses el general Amadeo vivió en la clandestinidad. Se ocultó inicialmente en una casa de familia en la carrera décima de Bogotá, para después pasar por Chocontá (Cundinamarca), Vélez (Santander), Sucre (Santander), Tunja (Boyacá) y Guayabal de Síquima (Cundinamarca). Se hospedó en haciendas cercanas a los municipios santandereanos mencionados, así como en Boyacá. Mi padre Alfonso Vélez Martínez (1903-1977) me contaba que la residencia en la cual se escondió el general en Bogotá pertenecía a una familia de amigos conservadores provenientes de Pereira (Emilio y Ubaldina Correa, mis padrinos de bautizo, padres de Emilio Correa quien fue coronel de la Fuerza Aérea Colombiana y de Gustavo, arquitecto y estudioso de las humanidades). 

En la residencia de la familia Correa, el general recibió la noticia del comienzo de la rebelión de Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) en Marruecos, que conduciría a la instauración del régimen de fuerza que derrotó a los comunistas y socialistas, poniéndole fin a la sangrienta guerra civil española. En relación con estos sucesos, escribe el general Amadeo: “¡Santos cielos!, me dije. Estos españoles no son los tipos cobardes que me imaginaba; tienen vida, ¡tienen coraje! Ramírez Moreno llegó de visita en aquella memorable fecha. Esa mañana había escrito un brillante editorial [en El Siglo] sobre la reivindicación de la madre patria. No tardó, con su original dicción, en establecer el parangón entre dos situaciones. Y dijo, más o menos, lo siguiente: Es admirable la melancolía de los chapetones, que de pronto han sentido iluminar su angustia por el sol de otros siglos. Aquí, en cambio, los conservadores somos unos pobres monjes que correspondemos a la ignominia con la plegaria y la resignación, apretujando nuestro sufrimiento con el cordón franciscano. El leopardo también me llevaba la noticia de que el auto de detención estaba próximo a aparecer”. [95]

Desde la población de Sucre (Santander), el general envió poderes a su abogado, José Camacho Carreño, para que lo representara en el caso de una reanudación del juicio relativo a la conspiración conservadora. Envió también poderes a los siguientes abogados, que harían las veces de suplentes, en caso de necesidad: Luis Rueda Concha, Juan Uribe Cualla y Juan Bautista Neira. En la clandestinidad de una hacienda en Santander, el general recibió la noticia de la nueva orden de captura expedida por el Ministerio de Gobierno. Al respecto, escribe: “Un día un mensajero nos llevó una comunicación escrita en clave; en ella se decía que mi casa había sido nuevamente requisada, y que el auto de detención era un hecho completo. Yo me imaginaba a los seis mil detectives improvisados tratando de encontrarme en las más apartadas regiones. El general De León también ocupaba mi pensamiento; y aunque por esto reía, no dejaba de meditar gravemente en la suerte de los míos y en la de aquellos que por considerarse mis amigos pudiesen padecer”.[96]

La hija mayor del general, Aura Victoria, quedó seriamente postrada por la depresión. A fin de evitar más sufrimientos para su familia, causados por los policías y detectives del gobierno, Amadeo providenció el cambio de dirección, a través de sus amigos. Los familiares del general se mudaron para una residencia situada en el centro de Bogotá, en la carrera 12, nº 17-50. Durante sus largas horas de ocio, nuestro autor aprovechó para leer algunos libros que le fueron llevados por sus amigos. Leyó los Ensayos Críticos del periodista liberal y excombatiente de la Guerra contra el Perú, Juan Lozano y Lozano (1902-1980), La república de los vagabundos del periodista y escritor santandereano  Juan Roca Lemus, seudónimo  Rubayata (1908-1981), y las Alabanzas del hombre y de la tierra, del periodista y escritor payanés Rafael Maya (1897-1980).[97]

El 30 de Noviembre de 1936 era expedida, por fin, la sentencia judicial definitiva que eximía de cualquier cargo por los sucesos del 22 de Junio al general Amadeo y a su amigo Alcides Gil Bernal. Mi abuelo se reintegró feliz a la convivencia hogareña. Al respecto, escribe: “Y todo fue retorno a la alegría. La luz de la justicia había llegado. Un célebre proceso expiraba entre la melancolía del régimen que, capaz de asesinar multitudes indefensas, no pudo aprehender a un ciudadano que sólo cometió tres delitos: defender a Colombia en las extrañas comarcas del Sur; llevar por algún tiempo la bandera conservadora entre sus manos, y haber enfrentado el pecho a los malhechores que quisieron allanar el recinto donde residían sus caros afectos. Y todo fue júbilo, porque habíamos derrotado la ignominia, y sobre nuestro porvenir, trabajo fecundo y noble ambición harían eco a la doctrina conservadora, sempiterno imperativo de los patriotas y de los hombres de buena voluntad. Iluminadas nuestras frentes por la luz de la justicia, estábamos en un nuevo amanecer; Colombia, su imagen y su recuerdo, eran como una mañana toda diafanidad y esperanza. La historia hacía un largo camino que partiendo de nuestro entusiasmo se remontaba por las colinas de la heroicidad. Y la voz bolivariana, surgida no del lejano sepulcro, sino de nuestras propias conciencias, era timbre glorioso, a la manera del tañido que lanzan los bronces de las catedrales para espaciarse por todos los ámbitos en una extensión de armonía, de gozo y de victoria”. [98]
El general Amadeo y su esposa Eva Jungblut (al centro), rodeados por sus hijos y nietos. Bogotá, 1958. En la línea de arriba, de izq. para der.: Alberto Vélez (ya fallecido) y este cronista. En la primera fila, segundo de izq. para der.: Gabriel y María Isabel Vélez  (Foto: álbum de familia).

III – El Epílogo: Amadeo Rodríguez cónsul de Colombia en Barcelona, nombrado en 1955 por el Presidente, teniente-general Gustavo Rojas Pinilla.

Desarrollaré en esta parte tres puntos: 1 – El general Amadeo, cónsul de Colombia en Barcelona. 2 – La vida de Amadeo en Barcelona entre 1954 y 1957, como diplomático. 3 – El matrimonio del general Amadeo en Barcelona, el regreso a Colombia y su fallecimiento en 1959.

1 – El general Amadeo, Cónsul de Colombia en Barcelona.

Mi abuelo no se detiene, en el libro que estoy comentando, en la narrativa de su participación como representante por el Partido Conservador en la Cámara, a lo largo de la convulsa década de 1940. Simplemente culmina su relato con el nombramiento recibido del gobierno, en Febrero de 1954, para desempeñar las funciones de Cónsul General de Colombia en Barcelona.

El 23 de Febrero de 1954, el general Amadeo se dirigió en carta al Presidente de la República, teniente-general Gustavo Rojas Pinilla, solicitándole su autorización para radicarse en España, a fin de consultar en las bibliotecas y archivos de la Madre Patria las fuentes que le podrían ayudar a ampliar informaciones acerca de la historia de las fuerzas armadas colombianas, especialmente en lo relativo al conflicto con el Perú, en 1932.

A propósito, escribía el general Rodríguez: “Me propongo, Excmo. Sr. Presidente, radicarme en España, especialmente en las ciudades de Madrid y Sevilla, con el propósito de dedicar lo mejor de mi tiempo de oficial del Ejército en uso de retiro, a la investigación y estudio en los archivos oficiales de aquellas ciudades, de la densa y esencial documentación histórica que se refiere a Colombia y, en particular, a cuanto se refiera a la institución de las fuerzas armadas en todos los momentos de su misma historia (…)”.[99]

Refiriéndose al conflicto amazónico, afirmaba el general Rodríguez en su carta: “Como jefe que fui de las fuerzas colombianas durante el conflicto limítrofe que nuestro país afrontó con el Perú en 1932, Señor Presidente, tuve la ocasión de estudiar a fondo muchos de los antecedentes de hecho y de derecho; y estoy en capacidad de asegurar a V. E.  con la más profunda y patriótica ansiedad, que son numerosos los documentos, mapas físicos y político-geográficos, de alinderaciones en particular, relaciones en general de variada índole, que referentes a aquellas regiones se ignoraron por entonces…y que aún permanecen desconocidos en los archivos españoles. Lo mismo puede decirse, Excelencia, de numerosos documentos útiles y necesarios que para enriquecer nuestros anales patrios, por decir lo menos, existen en los mismos archivos, referentes a nuestros límites y territorios comunes con Venezuela, Brasil, Panamá y el Ecuador. Pero, refiriéndome en concreto a la densa documentación histórica que se refiere a nuestro vecino el Perú y en presencia de la manera como este país conduce su política internacional con Colombia, en la cual, dicho sea de paso, se destaca la desvelada e ilustrada conducción de S. E. para prestigio de la República, es necesario observar que las diarias manifestaciones que la Cancillería de Lima ofrece al mundo, demuestran que ni la lección de Tarqui, ni la de Güepí, ni la magnanimidad del Tratado de Guayaquil, ni la ejemplar condescendencia del Convenio Lozano-Salomón, ni la extraordinaria del Pacto de Rio de Janeiro, han sido bastantes para mantener a nuestro vecino del Sur dentro de la política de amistad, decoro y respeto que merece Colombia (…). Y nos demuestra también que debemos estar listos con todos los elementos de hecho y de derecho indispensables, para afrontar cualquiera de las emergencias de un futuro que debemos ver y prever (…)”. [100]

El general Rodríguez terminaba su misiva al Presidente, destacando que cualquiera que fuese el apoyo que recibiera del gobierno colombiano, llevaría a cabo su trabajo de investigación sin ningún peso para el tesoro. A propósito, escribía: “Si Vuestra Excelencia estima como patriótico y útil mi propósito antes enunciado; si considera conveniente su realización y quiere honrarlo con la autoridad suprema y el apoyo indispensable de su acogida, yo, a mi vez, me lisonjeo de creer que mis antecedentes de soldado fiel de la República y como ciudadano que más de una vez ha demostrado su adhesión y decisión por las instituciones fundamentales del Estado, puedan contribuir en modesta, pero justa y honorable medida, para alcanzar el honor que V. E. me quiera dispensar. En todo caso, Señor Presidente, es de mi deber manifestar a V. E., con todo respeto pero inspirado en la más firme decisión, que cualquiera designación oficial con que V. E. quiera aprestigiar el empeño antes referido, lo aceptaría el suscrito como una comisión ad honorem; y sobre el buen entendimiento de que su ejecución material no supondría para el Estado ninguna otra erogación distinta de la de los modestos gastos de Secretaría, copias, reproducciones, arreglos y autenticaciones de los documentos que fuere del caso seleccionar (…)”.[101]

A la carta dirigida al Presidente Rojas Pinilla, el gobierno dio respuesta en 26 de Febrero de 1954, con el nombramiento de Amadeo Rodríguez como Cónsul General de Colombia en Barcelona, decisión que le fue comunicada por el Ministro de Guerra, brigadier general Gustavo Berrío Muñoz. El general Amadeo se refiere al nombramiento que se le hacía, en los siguientes términos: “A la galantería de mi Presidente, hube de aceptar el Consulado General de Colombia en Barcelona, cuyo Decreto ejecutivo nombrándoseme en dicho cargo fue la única respuesta a mi muy respetuosa solicitud. Por esto estoy actuando en el puesto señalado, acogido por el Gobierno de la Madre Patria en forma tal que considera como un alto honor para Colombia la benévola acogida con que se me ha incorporado en el dignísimo Cuerpo Consular acreditado ante S. E. el Generalísimo Franco”.[102]

2 – La vida de Amadeo en Barcelona entre 1954 y 1957, como diplomático.

El general Amadeo fijó residencia en Barcelona, habiéndose instalado en el Hotel Ritz. Entre Marzo de 1954 y mediados de 1957, desempeñó las funciones de Cónsul General. Su gestión al frente de la oficina diplomática se caracterizó por la eficiencia y la pronta y cordial atención a los compatriotas que buscaban la legación diplomática para resolver cuestiones de documentos o negocios. El testimonio de los que lo conocieron en sus funciones consulares es altamente positivo. Renovó a su costo la sede del Consulado, que se hallaba en estado precario. Y le dio nueva cara de sencillez y atención gentil al desempeño de sus funciones oficiales.

El general Amadeo quedó muy impresionado con la rápida modernización experimentada por España bajo el franquismo. Al respecto, escribía en 1955: “En el correr de un año vencido ya en Barcelona, he podido apreciar la organización del Estado español en todos los órdenes administrativos, desde lo más elevado hasta lo ínfimo, o sea donde la cultura del Gobierno Militar en todas sus organizaciones, hasta la última etapa, pues en el Hotel Ritz, donde yo me alojé en los primeros meses, oía constantemente el comentario del grueso número del turismo europeo y de todas las Américas, que constantemente se renueva por las ciudades españolas aquel hormigueo humano, llamémosle así, respecto a los elogios y ponderación a la culta manera de tratar a los extranjeros y a los nacionales. Las respuestas que dan en cualquier idioma que se les interrogue son correctas, claras e inteligibles, llámese el empleado Ministro, Gobernador, Jefe de Aduanas, urbano, guardia, del servicio de Correos, Teléfonos o del aseo público de la ciudad”. [103]

Le impresionaba al general el progreso material de la sociedad española, proveniente, sin lugar a dudas, del estímulo al espíritu emprendedor dado por el Estado a la iniciativa privada. Era de observarse ese progreso especialmente en la región de Cataluña, siendo los habitantes de la misma, gentes de  aguzado espíritu empresarial, semejantes en muchos aspectos a los antioqueños en Colombia. Espíritu emprendedor que se extendía a las otras regiones de la Madre Patria. Otra característica que le llamó la atención al general Amadeo fue la profunda religiosidad de las gentes. Al respecto, escribía: “En este mes de Mayo [de 1955] he visto las ceremonias de Primera Comunión de la chiquillería, pero en tal número y fiesta, que no sólo gozan los familiares, sino también los mirones. Yo creí que se trataba de una sola fiesta, pero en seguida me informé por los periódicos y vi que en todos los templos de la ciudad se practicaba de igual manera. Con razón desde mi juventud siempre he admirado a San Pedro Claver, libertador de los negros de Cartagena de Indias, pues ese gran santo era catalán”. [104]

3 - El matrimonio del general Amadeo en Barcelona, el regreso a Colombia y su fallecimiento en 1959.

En la secretaría del Consulado Amadeo conoció a la joven alemana Eva Jungblut (nacida en 1937). Amadeo, viudo desde 1945, y Eva, después de rápido romance, se casaron en la primavera de 1956. Grande fue la expectativa familiar cuando mi abuelo y su joven esposa regresaron a Colombia a mediados de 1957. Yo, adolescente de 14 años y mi hermano Alberto, de 16, mal podíamos imaginarnos recibiendo el cariño y las atenciones de nuestra “abuelita”.

Para todos nosotros, el regreso de Amadeo (a comienzos de 1957) con la joven Evita, que entonces contaba 20 años de edad, fue una ráfaga de alegría y de vida. El “abuelito” Amadeo era el mejor de los abuelos. Antes de su viaje a España, en la Hacienda el Carmen de su propiedad, en la Calera, a donde nos habíamos mudado a causa de los acontecimientos terribles del 9 de Abril del 48, el abuelo nos dedicaba largas tertulias, en las que él contaba sus aventuras como soldado y como comandante de la Frontera Sur. Recuerdo que yo le preguntaba, con la curiosidad de mis 6 años: “¿Abuelito, y cómo es una guerra?” – Y el abuelo respondía: - “Las balas de los fusiles en combate suenan como las papas que caen en un cajón de madera: ¡Raan! ¡Raan!”.

Con el abuelo, desde muy niños, mi hermano Alberto y yo aprendimos a disparar al blanco con la carabina Winchester, o a cazar palomas. Le ayudábamos a preparar los proyectiles de las escopetas de caza, “calzando” las balas con pequeñas bolitas de plomo y pólvora, y teniendo mucho cuidado al colocar el fulminante. En los días de sol, colaborábamos en el trabajo de secar la munición y de limpiar y aceitar los “grases”, dos viejos fusiles Mauser, de los que fueron llevados por el ejército a la Guerra contra el Perú y que ya habían sido usados en la Guerra de los Mil días, a comienzos del siglo XX. Eran armas históricas adquiridas por el gobierno colombiano después de haber sido usadas en la Guerra Franco-Prusiana de 1870.

Al lado de este aspecto bélico de los recuerdos familiares, guardamos los nietos la imagen del abuelo como un hombre dulce, cariñoso con las personas que le servían en la hacienda, atento para con todos los que le dirigían la palabra en la calle. En Bogotá, en su casa de la calle 67, nº 10-52, en Chapinero, pasábamos con él algunos fines de semana. Recuerdo que yo, aspirante al seminario, era el escogido por él para acompañarlo a la misa dominical, a las 6 de la mañana. Me impresionaba el cariño con que las personas, indistintamente ricos o pobres, ciudadanos comunes, políticos o guardias, lo saludaban. “Buenos días, mi general”, le decían. Y él respondía llamando a su interlocutor por el nombre y preguntándole por sus familiares. Invariablemente llegábamos tarde a la misa, a causa de las sucesivas paradas del abuelo para hablar con las gentes. De Amadeo guardé la imagen de alguien con un sentido muy alto de la dignidad personal y de la rigidez de sus principios, pero al mismo tiempo de una persona dulce en el trato con familiares y conocidos, con una gran sensibilidad por los que sufrían y por los más humildes. La religiosidad de mi abuelo era profunda y auténtica, sin caer en la mojigatería. Como católico practicante, participaba del grupo de oración que en esa época era organizado en varias ciudades con el nombre de: “Adoración Nocturna Colombiana”. Sus miembros, todos varones, pasaban una noche entera orando ante el Santísimo expuesto, una vez por mes. Mi abuelo y mi padre, Alfonso, eran miembros de ese grupo. Se vestían con frac, como si estuvieran preparándose para participar en un evento con el Jefe del Estado.

Evita, como cariñosamente llamábamos a la “abuelita”, los domingos nos llevaba a pasear en el bello automóvil Ford modelo 57. Eran paseos a la edad de oro de la adolescencia, en los que ella nos narraba, con ese aire casi infantil con que se dirigía a los “nietos”, sus aventuras en la plaza de mercado, en la iglesia, en la calle, en las reuniones sociales. Luterana de formación, se convirtió al catolicismo y vivía una fe muy práctica. Los santos nos deben ayudar. Cierta mañana, cuando había salido a hacer algunas diligencias en Chapinero con el cochecito de mi primer “tío”, Willy, nacido a fines de 1957, no queriendo trajinar con el bebé en la calle llena de transeúntes, lo dejó en la Iglesia de Lourdes, al frente de la imagen de la Virgen, mientras pagaba una cuenta. La Virgen, ciertamente, tomó cuenta de mi “tío”, para espanto de mi madre y de las tías, que quedaron boquiabiertas al oír la historia. El abuelo y la juvenil “abuelita” iluminaron mi adolescencia. Amadeo y Evita tuvieron, en 1958 y 1959, dos hijos más, Víctor Manuel y Humberto. Conocí al primero en Bremen, en 1986, en rápida visita que le hice a Evita. Era un joven ejecutivo de la Siemens. Desgraciadamente ya falleció, de forma prematura. Willy, a quien había conocido cuando era niño en Bogotá, vive en Bremen y es alto ejecutivo de la Mercedes Benz en esa ciudad. Humberto es artista plástico.

En los tumultuosos sucesos que tuvieron lugar con la caída del régimen de Rojas Pinilla (10 de Mayo de 1957), el general Amadeo, identificado como amigo del ex presidente, fue hostilizado. Se rumoraba que tenía planes para reunir en La Calera la Asamblea Nacional Constituyente, a fin de perpetuar a Rojas en el poder. Eran puras especulaciones. De cualquier forma, la casa de mi abuelo, situada en la calle 67, en Chapinero, estuvo a punto de ser invadida por populares, cierta noche. Evita me contó posteriormente que tuvo que ayudar a sacar a Amadeo en la alta madrugada, a fin de trasladarlo rápidamente a otro lugar para guardar su integridad personal, con la ayuda de la policía. La intermediación del esposo de mi tía Soledad, el general Juan Félix Mosquera, que a pesar de liberal era el yerno preferido de mi abuelo y quien a la sazón ocupaba alto cargo en la Policía Nacional, fue de gran valor para garantizarle la integridad al general Amadeo.

La enfermedad que le puso fin a la vida de mi abuelo fue rápida: un cáncer de pulmón, diagnosticado algunos meses antes de su fallecimiento, ocurrido el 25 de Junio de 1959. A pesar de que el país ya había iniciado el proceso de superación de la violencia liberal-conservadora, la insidia partidista no dejó de estar presente con motivo de la muerte de mi abuelo. El gobierno liberal presidido por Alberto Lleras Camargo (entre 1958 y 1962)[105] le negó las honras que le correspondían como ex parlamentario. Contrariando el deseo de los amigos y de miles de colombianos que querían rendirle póstumo tributo, las autoridades impidieron que el cuerpo de mi abuelo fuera velado en el Congreso Nacional. Sus exequias se realizaron rápidamente, en la Capilla del Espíritu Santo y en el Panteón Militar del Cementerio Central de Bogotá, para evitar que delegaciones de conservadores provenientes de los cuatro puntos del país llegaran a la capital. Venganza tardía de liberales rencorosos.

En el Museo del Ejército, en Bogotá, la memoria de mi abuelo fue simplemente borrada. Ni una fotografía, objeto o alusión a su carrera ilustre de militar o a su participación en la Guerra contra el Perú. Reclamé con el teniente que guiaba la visita, en Julio de 1994, en el recinto del Museo. Le dije que el general Amadeo había sido un militar que honró el uniforme que vestía. Había colaborado en la modernización del Ejército y fue fundador de la Escuela Superior de Guerra y se destacó como uno de los más eficientes y patrióticos generales de la República. El joven oficial mal se recordó de la figura de mi abuelo. ¿Descuido u olvido programado? Ya es hora de que los colombianos superemos los viejos resentimientos del pasado de luchas partidistas, a fin de que reconstruyamos la verdad histórica para bien de las próximas generaciones.

Conclusión. El significado de la obra del general Amadeo, en la línea del tiempo que Colombia atraviesa en estos momentos.

La historia colombiana atraviesa en estos momentos una delicada etapa. El reto que se impone es la conquista de la paz. Y el riesgo que amenaza al país es la simplificación en esta tarea, pasando por encima de la dignidad de los colombianos. No podrá haber pacificación bien fundamentada sobre el olvido de los derechos humanos básicos. Las FARC han cometido crímenes de lesa humanidad. Y los responsables de los mismos deben pagar por éstos.

Las recientes elecciones presidenciales que han conducido a Juan Manuel Santos a su segundo mandato, dejaron un mensaje claro: la opinión pública colombiana, que en el primer turno le dio el triunfo a Oscar Iván Zuluaga, el candidato presentado por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, estará atenta para que no se ignore la pacificación alcanzada por este mandatario, uno de los estadistas más brillantes de la historia colombiana. Diálogo sí, negociación sí, pero manteniendo la dignidad de Colombia y la seguridad de los colombianos. El gran valor de Uribe Vélez consistió en que tradujo en una política de seguridad certeramente trazada, el anhelo de los colombianos para tener de nuevo derecho a vivir en su país, sin la amenaza de ser asesinados por un bando de genocidas. Juan Manuel Santos, ciertamente, no ignorará este mensaje del electorado colombiano.

La figura de Amadeo se levanta en este panorama de reconquista de la paz, como el abanderado de las Fuerzas Armadas que, modernizadas y seguras de su patriotismo, son la garantía del mantenimiento del orden y de la paz. Hoy en día, como otrora en la Guerra contra el Perú, nuestros hombres de armas celan por la seguridad y la dignidad de los colombianos. ¡No se puede olvidar este mensaje!


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[1] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. 2ª edición corregida y aumentada. Barcelona: Gráficas Claret, 1955.
[2] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración: páginas sobre dos episodios de historia patria contemporánea, escritas por un general de Colombia para los hombres de buena voluntad. 1ª edición. Bogotá: Editorial Centro, 1937.
[3] Mariano Ospina Pérez (1891-1976) fue elegido presidente de Colombia para el período 1946-1950. Su gobierno se caracterizó por la agitación política y la radicalización entre liberales y conservadores, especialmente a raíz del atentado en el que perdió la vida el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de Abril de 1948, que originó los actos revolucionarios llamados “El Bogotazo”. De parte de los conservadores, las posiciones se diferenciaron también, entre los que defendían al gobierno de Ospina Pérez y los que querían una radicalización de derecha, con la propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente, dirigidos por Laureano Gómez.
[4] Caminos de guerra y conspiración...Y su epílogo consta de diecisiete capítulos. Los ocho primeros son dedicados al recuento del conflicto con el Perú. Los ocho capítulos siguientes se refieren a los recuerdos de la denominada “Conspiración Conservadora”. El último capítulo, décimo séptimo, narra los hechos que tuvieron lugar con motivo de la sentencia definitiva que absolvió al general del cargo de conspirador, su ulterior aparición en público y la vuelta al seno de su hogar. El capítulo termina con una rápida referencia al viaje del autor a España y al comienzo de sus funciones como cónsul general de Colombia en Barcelona, en 1955.
[5] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 5-6.
[6] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 6.
[7] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., ibid.
[8] Apud RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 257.
[9] Joaquín Piñeros Corpas (con quien tuve el honor de colaborar en el programa de Humanidades de la Universidad del Rosario de Bogotá en 1972) fue abogado, folklorista, escritor de dramas, novelas, cuentos infantiles y obras de historia de la cultura colombiana. Ocupó honrosas posiciones como miembro de la Academia de Historia de Cundinamarca, de la Academia Colombiana de Historia  y de la Academia Colombiana de la Lengua. Entre 1969 y 1970 desempeñó el cargo de gobernador del Departamento de Cundinamarca. Fue amigo y defensor aguerrido de mi abuelo. Perteneció a la generación de jóvenes conservadores que recogieron el legado de los combativos “Leopardos”, el grupo que, en la primera mitad del siglo XX, desafió a la antigua élite conservadora y se caracterizó por haberle dado al conservadurismo colombiano fueros de doctrina, en diálogo con las principales tendencias intelectuales que tuvieron vigencia en esa parte del siglo pasado. Sería una simplificación grosera calificarlos como “fascistas”, adjetivo peyorativo con que la intelectualidad de izquierda los llamó. Fueron gentes de su tiempo, abiertos a todas las corrientes del pensamiento de derecha y con sólida formación intelectual. Los “Leopardos” eran: Silvio Villegas (1902-1972), Eliseo Arango Ramos (1900-1977), José Camacho Carreño (1903-1940) quien fue abogado de mi abuelo en 1936, Augusto Ramírez Moreno (1900-1974) y Joaquín Fidalgo Hermida. Todos ellos participaron, al mismo tiempo, en la vida intelectual, así como en la lucha político-partidista, habiendo desempeñado importantes cargos públicos, amén de haber sido notables columnistas de la prensa colombiana. Si hubieran vivido en la Francia del siglo XIX se aproximarían a la generación de los llamados “Doctrinarios”, los liberales de tendencia conservadora aglutinados alrededor del mayor de ellos, François Guizot (1787-1874). A diferencia de los “Doctrinarios” franceses, con todo, les faltaba a los “Leopardos” un plan de gobierno claramente definido. Amadeo Rodríguez y Laureano Gómez, el líder del Partido Conservador a partir de los años 30, les deben mucho de su formación ideológica a los “Leopardos”.
[10] El general Amadeo tuvo seis hijos: Aura Victoria, la mayor (mi madre, ya fallecida, casada con Alfonso Vélez Martínez, mi padre, también fallecido), Guillermo (quien estudió en la Escuela Militar de Santiago de Chile y murió prematuramente en 1944; era teniente del ejército); Carlos (quien fue inicialmente oficial de la infantería de marina y después pasó al ejército, habiendo fallecido con el grado de mayor); Soledad (ya fallecida, fué casada con el general de la policía nacional, Juan Félix Mosquera); Ana Isabel (ya fallecida, familiarmente conocida como “Chela”, casada con el abogado antioqueño Jesús Llano Ramírez) y Jaime (médico psiquiatra, fue discípulo en España del Dr. Gregorio Marañón, se especializó en Suecia en cardiología, fue teniente coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y reside en Nueva York).
[11] El nombramiento del coronel Rodríguez para el cargo de Jefe de la frontera con el Perú (en reemplazo del coronel Luis Acevedo), se hizo mediante el decreto presidencial 2006 del 15 de diciembre de 1931. Junto con el nombramiento, el coronel Amadeo Rodríguez recibió del Ministro de Guerra, Carlos Arango Vélez, “un pliego de instrucciones secretas”, según destaca el autor de Caminos de guerra y conspiración, ob. cit., p. 13.
[12] Apud RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 11. Texto del Decreto 2006 de 15 de Diciembre de 1931, que nombraba Jefe de la Frontera con el Perú al entonces coronel Amadeo Rodríguez, en reemplazo del coronel Luis Acevedo.
[13] El coronel Luis Miguel Sánchez Cerro (1889-1933) llegó al poder en Agosto de 1930, como presidente de uma junta de gobierno instalada después de la derrocada del presidente constitucional Augusto Bernardino Leguía y Salcedo (1863-1932). En reñidas elecciones en 1931, Sánchez Cerro se consagró como presidente del Perú, a la cabeza del Partido Unión Revolucionaria. Fue asesinado a manos de un militante aprista en 1933, antes de terminar su mandato.
[14] RODRÍGUEZ, Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p.  13-14.
[15] Cf. WEBER, Max. Ciência e política: duas vocações. (Prefácio de M. T. Berlinck; tradução de L. Hegenberg e O. S. da Mota). São Paulo: Cultrix, 1972. “A política como vocação”. In: Ensaios de sociologia. (Tradução de Waltensir Dutra). Rio de Janeiro: Zahar, 1979. BENDIX. Reinhard. Max Weber, um perfil intelectual. Brasília: Universidade de Brasília, 1986.
[16] ARANGO Vélez, Carlos. Lo que yo sé de la guerra. Bogotá: Cromos, 1933, 243 p.
[17] He aquí la parte más importante del citado texto: “(…) De manera que el 20 de enero de 1932 ya teníamos nosotros organizada, o más bien, creada la Jefatura de la Frontera en el Amazonas, y todo su personal, militar y civil, destinado. Desde el mes de  diciembre de 1931 venía yo estudiando en el mapa algunos documentos, en el Ministerio y en mi casa, y en discreta colaboración con los señores general Aníbal Angel B., general Manuel T. Quiñones y coronel Amadeo Rodríguez, nuevo jefe de la frontera, el problema amazónico. Desde el 20 de enero de 1932, fecha del Decreto número 87, que acabo de transcribir y que motu proprio había mantenido yo en reserva, en adelante,  aquel estudio se hizo más intenso, y mis ideas sobre el particular fueron traduciéndose en realidades, con la mayor premura y sin interrupción de ninguna especie. De mi labor fueron enterados, como era natural, el Exmo. señor Presidente de la República y el señor Ministro de Relaciones Exteriores. Pero, también como era natural – estábamos en paz – los detalles de mi programa y de mi acción fueron conocidos apenas, en parte, por el señor general Aníbal Angel B., secretario del Ministerio, y, en su totalidad, por el coronel Amadeo Rodríguez, Jefe Militar de la frontera en el Sur. Diariamente conferenciábamos, el coronel (hoy general), Rodríguez y yo, sobre nuestra materia. Puede él decir, como puede decirlo el general Angel y como pueden también decirlo los distinguidos caballeros Rafael Reyes Angulo y Jorge Montoya Largacha, Jefe del Gabinete civil y Secretario privado míos, si algo había entre las innumerables ocupaciones ministeriales, que mereciese mi atención, contase con mi cuidado y tuviese mi tiempo, igual a este grave asunto, que sin embargo, a nadie parecía grave por ese entonces. En las antesalas de mi oficina esperaban todos; el Inspector general del Ejército, el Jefe del Estado Mayor General, el Jefe del Departamento de Personal. Todos, menos el coronel Rodríguez. Y con el coronel Rodríguez el trabajo en torno al Amazonas era sin reposo, y traduciendo siempre el pensamiento en inmediatas actuaciones”.
“Aparte de su nombramiento, la organización de la Jefatura de la frontera había sido acordada con el coronel Rodríguez. Antes del 20 de enero de 1932 el coronel Rodríguez había conocido mi plan de defensa en el Sur y  lo había encontrado acertado. Recuerdo cómo se exaltó patrióticamente al pasar de la idea de que él era ya el oficial llamado a dar vida histórica a tan claro prospecto nacionalista”.
“El coronel Rodríguez escogió todo el personal de su dependencia. Pidió drogas: pregúntese a él mismo, y pregúntese también al doctor Jorge Esguerra López, Jefe de la Sección de Sanidad del Ministerio de Guerra por la carta blanca que de mi parte recibieron los dos al respecto, y la manera amplísima, que en el momento parecía dilapidadora, cómo se dio efectividad a esta carta blanca. Pidió armas: pregúntese al coronel Rodríguez, y pregúntese también al coronel Adelmo A. Ruiz, uno de nuestros mejores y más dinámicos oficiales y mi excelente Jefe del Departamento de material en el Ministerio, por la carta blanca que de mi parte recibieron los dos al respecto y la manera amplísima que en los momentos que se vivían – de zozobra interior – parecía temeraria, cómo se dio efectividad a esa carta blanca”.
“Curioso registrar, por vía de ejemplo, lo sucedido a propósito de la dotación de ametralladoras, solicitada por Rodríguez para el Amazonas y el Putumayo, en donde con nada, o casi nada, se contaba. En Bogotá eran pocas las ametralladoras que había, y poco menos que todas estaban dañadas. La fábrica de municiones se ocupó en repararlas, preferencialmente a no importa qué otra labor. Reparadas que fueron, así las de refrigeración por agua como las de refrigeración por aire, que son las preferidas por todas las unidades, fui yo personalmente a ensayarlas a la fábrica. Y con mis manos, y durante horas, las ensayé. Y en seguida dí orden al coronel Ruiz de que entregara a Rodríguez cuatro que había exigido, escogidas por él, y aún cuando la guarnición de Bogotá se quedara sin sus mejores ametralladoras. Y así se hizo. El coronel Rodríguez se llevó para el Sur las cuatro mejores ametralladoras de Bogotá”.
“Y lo mismo debe decirse de lo demás. De las armas y municiones de mano. Del curso especial que el coronel Rodríguez hizo por propia iniciativa, en la fábrica de municiones, para aprender a preparar bombas, y de los elementos indispensables a esa preparación”.
“De las dotaciones de vestuario. De todo. El coronel Rodríguez recibió del Ministerio de Guerra cuanto pidió para el Amazonas, así en personal, como en elementos. Y cuentan que, atendida la penuria de personal y de elementos en que por aquellas lunas se encontraba el Ejército, el coronel Rodríguez pidió mucho”. [ARANGO Vélez, Carlos. Lo que yo sé de la guerra. Bogotá: Cromos, 1933. Citado por RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general).  Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 14-17].
[18] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 18-19.
[19] RODRÍGUEZ, Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 21-22.
[20] Como los acontecimientos posteriores mostraron, el coronel Rodríguez tenía plena razón al solicitarle a las autoridades colombianas, a comienzos de 1932, la compra de la Hacienda La Victoria. De hecho, el grupo de invasores peruanos de Leticia (el 1º de Septiembre de ese año) estaba integrado por antiguos trabajadores de la Casa Arana y de la hacienda La Victoria. Los invasores peruanos entraron en Le­ticia a las cinco de la mañana del 1º de Septiembre, amedrentando a la ciudadanía y apresando a las autorida­des, encabezadas por el intendente Villamil Fajardo. Los peruanos estaban apoyados por algunos militares que se disfrazaron de paisanos. En su mayoría, como se ha dicho, eran obreros de la casa Arana y de la hacienda La Victoria. La invasión fue planeada unos días antes, du­rante una fiesta, por Julio César Arana (propietario de la explotación de caucho), y Constantino Vigil, propietario de La Victoria y senador peruano. Ellos, por los intereses que tenían en la zona, no apoyaban el tratado Lozano-Salomón (firmado en 1922), que desde 1930 definía los límites entre Co­lombia y el Perú.
[21]Acerca del papel estratégico que la Hacienda La Victoria tenía para la seguridad del trapecio amazónico, el historiador  Alberto Donadio escribe: “(…) Por no comprar una hacienda de 80.000 dólares, Colombia tuvo que lanzarse a una guerra que le costó más de 10 millones de dólares, si es que únicamente se contabilizaban los gastos financiados con el empréstito que el gobierno contrajo a raíz de la ocupación de Leticia. La quiebra de la hacienda [La Victoria], que era el único patrimonio de su dueño, fue el antecedente próximo y directo de la invasión, organizada por empleados de Vigil. La invasión tenía, además, como padres putativos a todos los loretanos, que nunca aceptaron la cesión del trapecio y siempre rechazaron los efectos del tratado Salomón-Lozano que reconoció como colombiano el trapecio entre el Putumayo y el Amazonas” (DONADIO, Alberto. La guerra con el Perú. Bogotá: Planeta, 1995, p. 124).
[22] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p.  22.
[23] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p.  23.
[24] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 23.
[25] A propósito de su nombramiento como Jefe Civil y Militar de la Intendencia del Amazonas y de las Comisarías Especiales del Caquetá y del Putumayo, escribe el general Rodríguez: “(…) El 15 de Septiembre supe que un decreto, distinguido con el número 1503, me designaba como jefe civil y militar de la intendencia del Amazonas y de las Comisarías especiales del Caquetá y del Putumayo. No está por demás notar que el decreto llevaba la firma de todos los ministros del despacho. Naturalmente mi nuevo cargo tenía justificación en el decreto legislativo 1465, que declaró turbado el orden público en las fronteras amazónicas”. (Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob cit., p. 96).
[26] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 27.
[27] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración...Y su epílogo. Ob. cit., p. 28.
[28] RODRÍGUEZ, Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 28-29.
[29] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 30.
[30] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 30-31.
[31] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 31-32.
[32] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 32.
[33] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 49.
[34] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 57-58.
[35] Cf. VIVEIROS, Esther de. Rondon conta sua vida. Rio de Janeiro: Livraria São José, 1958.
[36] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 33-34.
[37] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 40.
[38] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 38-39.
[39] RIVERA, José Eustasio. La Vorágine. Edición digital preparada por Elaleph: [http://www.elaleph.com/libro/La-voragine-de-Jose-Eustasio-Rivera/889/] (consulta realizada en 10-06-2014).
[40] Cf. VARGAS Llosa, Mario. El sueño del celta. Madrid: Ediciones Santillana, 2010. En esta novela, el escritor peruano cita de forma bastante completa el texto de los varios informes elaborados por el diplomático sir Roger Casement, que sirvieron de base para que el gobierno británico le quitara el apoyo  que inicialmente le había dado a la Casa Arana.
[41] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 54-56.
[42] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 58-59.
[43] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 59-60.
[44] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 80.
[45] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 81-82. El episodio de La Pedrera al que el autor hace alusión en este texto se refiere al ataque aleve que los peruanos realizaron contra las tropas colombianas al finalizar la primera década del siglo XX. Al respecto, el Portal Cultural del Banco de la República hizo la siguiente síntesis: “A principios de 1911, la continua explotación cauchera de la Casa Arana en el Putumayo, teñida con la barbarie contra colonos y nativos, y denunciada por Rafael Uribe Uribe en el congreso y por José Eustasio Rivera en La Vorágine, tuvo un desenlace bélico al enfrentarse desde ambas orillas del río Putumayo el ejército colombiano y el peruano en una serie de escaramuzas en el sitio conocido como La Pedrera. El abuso de la Casa Arana, acolitado por ciertos militares peruanos hacía la situación de los colonos e indígenas del Putumayo colombiano realmente insostenible. El presidente de Colombia, Carlos Eugenio Restrepo, después de muchas vacilaciones, decide movilizar tropas a la frontera amazónica, para defender la soberanía, en parte impulsado por el temor causado por la reciente pérdida de Panamá. Este episodio ha sido enterrado en el olvido por la historiografía de ambas naciones, pero su importancia recae en ser la primera advertencia de facto del posterior conflicto amazónico”.   
[ http://www.banrepcultural.org/node/97992 ]. (Consultado en 12 de Junio de 2014).
[46] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 64.
[47] RODRÍGUEZ, Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 64-65.
[48] Al respecto, escribía el general Rodríguez, destacando la idea de la educación financiera de los indígenas: “Desalojada la moneda colombiana, o mejor, sin penetración, era natural también que la idea del cosmopolitismo cundiera entre los habitantes de la Amazonia, región que se levantaba con el impulso de la industria y del comercio de manera débil y lenta. Una de las campañas más efectivas de mi jefatura fue la de ordenar toda clase de pagos oficiales en numerario colombiano. Como consecuencia de la medida anterior, se notó prontamente la demanda de ella, y en pocos meses las gentes cayeron en la cuenta de la relativa paridad del peso con el dólar y el desprestigio del reis y el sol, monedas de poca equivalencia. Por intermedio del Banco de la República se situó en Leticia un fondo permanente y de esta manera se contribuyó a la fuga de los instrumentos de comercio extranjeros, que se fue realizando desde entonces paulatinamente. Para iniciar las operaciones, entre las cajas que constituían la carga de mi equipo, llevaba una cantidad determinada de monedas de 50, 20, 10, 5, 2 y 1 centavos, monedas que llamarían extraordinariamente la atención a los indios, para, de esta forma, hacerles penetrar la idea monetaria del medio circulante”. (Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo, ob. cit., p. 78-79).
[49] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 85-86.
[50] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 66-67.
[52] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 85.
[53] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 87-88. Los peruanos, cuyo número era de aproximadamente 50 civiles y militares (según la prensa peruana), o de 20 soldados y 300 civiles (según el Ministerio de Guerra y la prensa de Colombia) hicieron prisioneros al Intendente Alfredo Villamil Fajardo, al Alcalde Prieto Solano, al Jefe del cuartel de la Policía con 19 policías, al Jefe del Resguardo y otras autoridades.
[54] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 96.
[55] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 97.
[56] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 100-101.
[57] Este era un riesgo concreto, que fue advertido por el embajador de Colombia en Lima. Sánchez Cerro, efectivamente, preparaba una fuerza de aproximadamente 23 mil hombres, lo que habría puesto en serias dificultades al gobierno colombiano, que contaba con un máximo de 7 mil combatientes.
[58] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 101.
[59] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 123.
[60] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 124-125.
[61] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración...Y su epílogo. Ob. cit., p. 129-132.
[62] Bajo la consigna del general Vásquez Cobo de que “al dominar el agua se triunfará en tierra” el gobierno estableció contactos con Francia, España, Inglaterra e incluso Estonia, con el proyecto de comprar dos grandes cruceros de 9.000 toneladas, que si hubieran sido adquiridos habrían tornado imposibles las acciones fluviales, pues su calado era muy grande. Este plan terminó por no ser aprobado. Con la intermediación de Eduardo Santos fue aprobada, a comienzos de Octubre de 1932, la compra de varios barcos de menor calado. Fueron adquiridas, así, diversas embarcaciones que luego llevarían los nombres de: Mosquera, Pichincha, Córdova, Barranquilla, Bogotá, Caldas y Antioquia, además de algunos barcos menores comprados tanto en Europa como en las riberas del Amazonas, para el uso de la Armada colombiana, a lo largo del conflicto amazónico. [Cf.: Biblioteca Virtual Luis Angel Arango, http://www.banrepcultural.org/node/98010 ] (Consultado en 14/06/2014).
[63] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 136.
[64] Cit. por RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). in: Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 137-138.
[65] Cit. por RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 140-141.
[66] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 143-145.
[67] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 145-146. Los dos hijos a los que Amadeo hace referencia en su carta eran el capitán Carlos y el teniente Guillermo Rodríguez Téllez.
[68] Cit. por RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 146-147. El teniente paraguayo Roland Uberti Real, prestó sus servicios como instructor de la Escuela de Mecánicos de la Aviación en Madrid (Cundinamarca) después del conflicto colombo-peruano y se tornó amigo del general Amadeo. Escribió en Septiembre de 1936 a amigos conservadores de éste: “Cuando afrontábamos la guerra con Bolivia, Amadeo Rodríguez, el gallardo jefe colombiano, se acordó de nuestras tribulaciones, y en un gesto magnífico nos ofreció su espada. Es sabido que no pudimos aceptar los servicios del ilustre voluntario porque debían ser netamente criollas nuestras legiones. Pero también no es olvidado que el general Rodríguez quedó incorporado con la máxima graduación en los escalafones militares del Paraguay” (cit. por RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo. Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo, ob. cit., p. 150).
[69] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 147-148.
[70] Cf. BAPTISTA, Fernando. Madame Lynch, mujer de mundo y de guerra. 2ª edición. (Traducción del portugués a cargo de Rosa S. Corgatelli). Buenos Aires; EMECÉ Editores, 1997.
[71] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 177-178.
[72] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 178-179. El coronel Amadeo hacía referencia, en su entrevista, a dos mandatarios conservadores: José Vicente Concha (1867-1929) y Miguel Abadía Méndez (1867-1947), que gobernaron, respectivamente, en los períodos 1914-1918 y 1926-1930, durante el ciclo de la hegemonía conservadora..
[73] Acerca de esa tendencia modernizadora, cf.  URIBE Celis, Carlos. Los años veinte en Colombia. Ideología y cultura. 2ª edición. Bogotá: Alborada, 1991.
[74] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 165.
[75] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 166.
[76] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p.167-168.
[77] Fundamentados en documentos del Departamento de Estado norteamericano, Silvia Galvis y Alberto Donadio afirman lo siguiente: “Sin embargo, de momento, el motivo de preocupación del Departamento de Estado y de la embajada no era la inestabilidad de López, la debilidad de Santos, ni la prepotencia de Strong [Carl Strong, agregado militar de la embajada de Washington en Bogotá], sino las simpatías totalitarias de Laureano Gómez. En diciembre de 1940, anticipándose a la avalancha de revueltas abortadas, [el embajador norteamericano] Braden transmitió a Washington la información obtenida del comandante Carlos Fallón, a cargo de la flotilla fluvial del Putumayo. Según Fallón, Laureano Gómez en 1935 había planeado derrocar a López durante su primer gobierno. La fuente de Fallón era confiable, como que se trataba de Augusto Ramírez Moreno, uno de los jefes conservadores, que abrigaba un profundo resentimiento contra Laureano Gómez, razón por la cual había confiado a Fallón el plan revolucionario fraguado entre Laureano Gómez, el propio Ramírez Moreno y el general Amadeo Rodríguez; el golpe sería financiado por Antonio Angel, uno de los hombres más ricos de Colombia. La diferencia de opiniones entre Gómez, Ramírez y Rodríguez había dado al traste con el complot” (Silvia GALVIS y Alberto DONADIO, Colombia nazi 1939-1945. Espionaje alemán, la cacería del FBI, Santos, López y los pactos secretos. 2ª edición. Bogotá: Planeta Colombiana Editorial, 1986, p.  301).
[78] Cf. GÓMEZ, Laureano. El cuadrilátero: Mussolini, Hitler, Stalin, Gandhi. (Prólogo de José y Fernando de la Vega). Bogotá: Librería Colombiana, 1935.
[79] Cf. al respecto mi obra: Castilhismo, uma filosofia da República. 2ª edición corregida y ampliada. (Presentación de Antônio Paim). Brasília: Senado Federal, 2000.
[80] LLERAS Camargo, Alberto. Mi gente – Memorias de Alberto Lleras, volumen I. 2ª edición. Bogotá: Banco de la República, 1976, p. 142.
[81] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p.  187-188. Primitivo Crespo era dirigente conservador en Cali y Arcesio López Narváez se desempeñaba como presidente del Directorio Conservador de Popayán y director del diario La Razón. En relación con las sospechas del gobierno liberal de que los conservadores fraguaban una conspiración, escribe Amadeo: “En un viaje a Bogotá, resuelto por la urgencia de saber la verdad de la situación, consulté al directorio nacional conservador sobre el caso; la contestación que me dio el secretario Andrade fue la de que al tratar de conseguirse los datos estadísticos de occidente, indispensables para el gran censo conservador, la policía creyó encontrar la documentación de un extenso complot en el cual se hallaban comprometidos salientes personajes del conservatismo nacional (…)”. (Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo, ob. cit., p. 193). El general Amadeo se refería en este texto al Secretario Nacional del Partido Conservador, Luis Ignacio Andrade Díaz (1894-1966).
[82] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración...Y su epílogo. Ob. cit., p. 188.
[83] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 169.
[84] RODRÍGUEZ  Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 197-198. La esposa del general Rodríguez, mi abuela materna, era Isabel Téllez Moscoso, “Chavita” como cariñosamente era llamada, fallecida en 1945. Alcides Gil Bernal era identificado por la prensa liberal como guardaespaldas del general Amadeo Rodríguez, calificado despectivamente como “gamonal conservador”. Cf. GREEN, John. “Días de emoción espectacular. Choque cultural, intriga política y la huelga de choferes de Bogotá de 1937”. In: Historia Crítica, Universidad de los Andes, Bogotá, (Diciembre de 2003): p. 27-48.http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/367/index.php?id=367 (consultado en 20/06/2014).
[85] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 198-199.
[86] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 200
[87] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 204-205.
[88] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 207-208.
[89] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 208.
[90] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 210. Esta es la identidad de algunos de los que firmaron mensajes de solidaridad al general: Rolando Uberti degli Real, militar paraguayo, amigo de Amadeo; su amistad le costó la permanencia en Colombia, pues fue desterrado a Venezuela después del atentado del 36, siendo acusado de participar en la conspiración conservadora. Eduardo Carranza (1913-1985), poeta precursor del movimiento “Piedra y Cielo” fue amigo de mi abuelo y de mi madre Aura Victoria.
[91] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 213.
[92] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración...Y su epílogo. Ob. cit., p. 221.
[93] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 228.
[94] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 232.
[95] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 229-230.
[96] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 235-236.
[97] Cf. RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 247; 261-262.
[98] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 272.
[99] RODRÍGUEZ  Vergara, Amadeo (general). “Carta dirigida al Excmo. Sr. Presidente de la República, Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, Bogotá, 23 de Febrero de 1954”. Apud: Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 278.
[100] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 279-281.
[101] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 281-282.
[102] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 283.
[103] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., pg. 285.
[104] RODRÍGUEZ Vergara, Amadeo (general). Caminos de guerra y conspiración…Y su epílogo. Ob. cit., p. 288.
[105] Recordemos que fué Alberto Lleras Camargo, como Ministro de Gobierno de Alfonso López Pumarejo, quien en Junio de 1936 ordenó el allanamiento a la casa del general Amadeo.